La brillante gracia que fluye entre las grietas rotas – Pastor David Jang (Olivet University)

En una noche de tormenta, la luz de la providencia que encuentra el alma perdida

Se dice que cuanto más profunda es la oscuridad, más claramente brillan las estrellas; sin embargo, cuando las violentas olas de la vida amenazan con tragarse el suelo bajo nuestros pies, solemos olvidar incluso esa verdad tan evidente. En esos momentos de desesperación, cuando todo parece bloqueado por muros en todas direcciones, el ser humano enfrenta por fin su propia finitud y siente sed del Absoluto. Ese visitante no invitado al que solemos llamar “sufrimiento” quizá sea, en realidad, una invitación paradójica que Dios envía para encontrarse más de cerca con sus hijos.

El mensaje del pastor David Jang comienza precisamente en este punto. Él no contempla el segundo viaje misionero del apóstol Pablo como un simple registro histórico del pasado, sino que lo trae al horizonte de nuestra vida presente. Sobre aquel camino escabroso que recorrió Pablo se cruzaban el cálculo minucioso del hombre, la persecución inesperada y, cubriéndolo todo, la inmensa providencia de Dios. Cuando nos desesperamos en los callejones sin salida de la vida, el pastor David Jang nos recuerda que ese aparente final puede convertirse, en realidad, en un “canal del cielo” que ensancha nuevas fronteras para el evangelio.

El dúo del sufrimiento y la gloria bordado sobre el lienzo

Pensemos en Cristo en la tormenta, del gran maestro barroco Rembrandt. Dentro de una pequeña embarcación a punto de zozobrar por las olas embravecidas, los discípulos gritan aterrados. Pero en el centro mismo de aquel caos, la figura de Jesucristo durmiendo en paz produce un contraste impactante. El eco que esta obra maestra nos deja es claro: la luz revela su verdadera esencia solo cuando existe la oscuridad, y la tormenta no siempre viene para hundir la barca, sino que a veces se convierte en la fuerza que nos impulsa hasta el destino.

Esta intuición artística se conecta con el principio de “abrir camino (道路)” que proclama el pastor David Jang. Pablo era un estratega que albergaba una gran visión de avanzar hasta Roma y España, pero lo que apresuró sus pasos fue, precisamente, la severa persecución de los judíos. Aquella partida involuntaria de Tesalónica, casi como una huida, produjo finalmente el milagro de que se levantaran iglesias en Berea, Atenas y Corinto. El pastor David Jang llama a esto “el camino (路) por el que transita la verdad (道)” y afirma que, cuando la presión externa del sufrimiento se encuentra con los planes humanos, es entonces cuando la obra de Dios alcanza su plenitud. Que el dolor que padecemos no quede simplemente como una herida, sino que se convierta en un canal para salvar el alma de otros: esa es precisamente la misteriosa dinámica del evangelio.

El consuelo celestial contenido en la vasija vacía llamada debilidad

La verdadera profundidad de la meditación bíblica se hace aún mayor cuando nos encontramos en el lugar más bajo. Pablo envía a su colaborador más querido, Timoteo, para cuidar a los creyentes de Tesalónica que estaban en medio de la tribulación. Lo interesante es que Timoteo no era, de ninguna manera, un héroe perfecto. Era joven, padecía enfermedades físicas y, a veces, se encogía por su propia timidez.

Aquí el pastor David Jang presenta una sorprendente reflexión teológica. Interpreta que Dios puso deliberadamente a un Timoteo tan débil al frente del ministerio para que, a través de sus limitaciones, los creyentes aprendieran a depender unos de otros y a ayudarse mutuamente. Donde gobiernan los fuertes puede haber orden, pero donde los débiles se toman de la mano fluye un ardiente “amor” y “consuelo”.

Recordemos que la palabra inglesa Comfort, traducida como “consuelo”, proviene del latín fortis, que significa “hacer fuerte”. El consuelo no es simplemente un acto sentimental de secar lágrimas. Es una fuerza espiritual que reconstruye con firmeza los muros derruidos del alma abatida por el sufrimiento. En la predicación del pastor David Jang llegamos a confesar esta verdad: que cuando soy débil, entonces se revela la fortaleza de Dios, y que la existencia misma de unos para otros se convierte en la fuente de consuelo que comunica vida. Esa es la esencia del evangelio.

La fragancia de la esperanza que florece sobre una fe firme

En definitiva, la gracia cristiana no consiste en una suerte de escapar del sufrimiento, sino en el valor de atravesarlo. A Pablo le bastó saber que la iglesia de Tesalónica permanecía firme en la fe para exclamar: “¡Ahora vivimos!”. Esta santa unión, en la que la vida del ministro depende del crecimiento espiritual de los creyentes y la paz de los creyentes se enlaza con la ferviente oración del ministro, es precisamente la verdadera imagen de la iglesia.

Incluso hoy, el entorno que nos rodea sigue siendo difícil. Pero, tal como enseña el núcleo del mensaje del pastor David Jang, cuando extendemos hacia el prójimo la mano del amor en el Señor, desciende una paz que el mundo no puede dar. Aunque ahora su vida parezca quebrada y destrozada, no desmaye. Precisamente esas grietas son la entrada por donde la gracia de Dios penetra con mayor claridad.

Debemos volver a ponernos en el camino del evangelio. Debemos alegrarnos aun en medio de la tribulación, confiar en la sabiduría de Dios que levanta y usa a los débiles, y edificar una comunidad de consuelo que llama a cada uno por su nombre. Guardando en el corazón la profunda resonancia del mensaje del pastor David Jang, deseo que cada uno de nosotros llegue a ser un verdadero cristiano que abra, desde su propio lugar de vida, un hermoso camino hacia el cielo. Cuando nos amemos con mayor ardor unos a otros, con el corazón de la novia que espera el regreso del Señor, nuestro sufrimiento se habrá transformado, antes de que lo advirtamos, en una resplandeciente corona de gloria.

www.davidjang.org

Radiant Grace Flowing Through Broken Cracks – Pastor David Jang (Olivet University)

On a Stormy Night, a Lost Soul Encounters the Light of Providence

People say that the darker the night, the brighter the stars shine. Yet when the fierce waves of life begin to swallow the ground beneath our feet, we often forget even that self-evident truth. In moments of despair, when it feels as though walls are closing in on every side, human beings finally confront their own finitude and begin to thirst for the Absolute. This unwelcome guest we call “suffering” may, in fact, be a paradoxical invitation sent by God so that He may meet His children most intimately.

The message of Pastor David Jang begins precisely at this point. He does not treat the Apostle Paul’s second missionary journey as a mere historical record of the past, but lifts it onto the horizon of our lives today. Along the rugged road Paul walked, careful human planning, unexpected persecution, and the vast providence of God that overshadowed them all were deeply intertwined. When we despair at what seems to be a dead end in life, Pastor David Jang reminds us that such a dead end may actually become a heavenly passageway expanding the territory of the gospel.

A Duet of Suffering and Glory Embroidered on Canvas

Consider Rembrandt, the great master of the Baroque era, and his painting Christ in the Storm. Inside a small boat that seems about to capsize beneath raging waves, the disciples cry out in terror. Yet at the very center of the chaos, Jesus Christ lies peacefully asleep, forming a striking contrast. The resonance of this masterpiece is unmistakable. Light reveals its true nature only in the presence of darkness, and a storm is not always meant to sink the ship; sometimes it becomes the very force that drives us toward our destination.

This artistic insight is deeply connected to the principle of “making a road (道路)” that Pastor David Jang proclaims. Paul was a strategist with a grand vision of reaching Rome and even Spain, yet what hastened his steps was none other than the fierce persecution of the Jews. His involuntary departure from Thessalonica, driven by persecution, ultimately gave rise to the miracle of churches being established in Berea, Athens, and Corinth. Pastor David Jang calls this “the road (路) on which truth (道) travels,” emphasizing that when the external pressure of suffering meets human intention, the work of God is finally brought to completion. The pain we endure does not remain merely as a wound, but becomes a channel through which other souls are saved. That is the mysterious dynamism of the gospel.

Heavenly Comfort Poured into the Empty Vessel of Weakness

The true depth of biblical meditation becomes all the richer when we are brought to our lowest place. In order to care for the believers in Thessalonica who were in the midst of tribulation, Paul sends Timothy, his most beloved co-worker. What is noteworthy is that Timothy was by no means a flawless hero. He was young, physically frail, and at times timid—a vulnerable young man.

Here Pastor David Jang offers a remarkable theological insight. God deliberately placed weak Timothy at the forefront of ministry so that, through his very insufficiency, believers would learn to depend on and help one another. Where the strong dominate, there may be order; but where the weak join hands with one another, there flow the warmth of love and comfort.

Recall that the English word comfort traces back to the Latin fortis, meaning “strong.” Comfort is not merely a sentimental act of wiping away tears. It is a spiritual force that rebuilds the broken walls of a soul devastated by suffering. In Pastor David Jang’s preaching, we find ourselves confessing the very essence of the gospel: that when I am weak, God’s strength is finally revealed, and that our very presence can become a source of life-giving comfort to one another.

The Fragrance of Hope Blossoming Upon Steadfast Faith

In the end, Christian grace is not a lucky escape from suffering, but the courage to press through it. Paul could cry out, “Now we live,” simply upon hearing that the Thessalonian church was standing firm in faith. This holy union—in which the life of the minister is bound up with the spiritual growth of the believers, and the peace of the believers is intertwined with the earnest prayers of the minister—is the true face of the church.

Even today, the environment surrounding us is far from easy. Yet, as Pastor David Jang’s message makes clear, when we reach out to one another in love within the Lord, a peace that the world cannot give descends upon us. Even if your life now appears shattered and broken, do not lose heart. Those very cracks are the openings through which the grace of God seeps in most clearly.

We must once again stand upon the road of the gospel. We must rejoice even in tribulation, trust in the wisdom of God who raises up the weak, and build a community of comfort that calls one another by name. Engraving the deep resonance of Pastor David Jang’s message upon our hearts, may we each become true Christians who carve out a beautiful heavenly road in the places where we live. As we love one another more fervently with the heart of a bride waiting for the Lord’s return, our suffering will one day be transformed into a radiant crown of glory.

www.davidjang.org

El derroche santo de una mujer que rompió la calculadora del mundo, y la cruz – Pastor David Jang (Olivet University)

Un suntuoso salón de banquetes en Jerusalén, donde el crepúsculo caía con densidad. En medio del murmullo bajo de las conversaciones y el tintinear de las copas, un sonido de ruptura —«¡crac!»— cortó el aire con filo y resonó por todo el lugar. En aquel instante, cuando un silencio pesado se abatió sobre la sala, una mujer se hallaba de rodillas: había roto el frasco de alabastro con el perfume de nardo, su bien más valioso y, a la vez, toda su fortuna, y con él empapaba los pies de Jesús. En la fragancia vibrante que llenó la habitación, algunos fruncieron el ceño señalando el despilfarro de riquezas; otros susurraron que era un fanatismo incomprensible.

Pero lo que corría entre esos fragmentos rotos no era simplemente un aceite costoso. Era un anticipo del cuerpo de Jesús, que pronto sería destrozado con crueldad en la colina del Gólgota; y, antes aún, era la confesión de un amor puro y feroz, el acto de un alma que derramó su todo. Este relato, breve pero intenso, sigue golpeando hoy nuestro corazón endurecido miles de años después, y nos pregunta con precisión cortante cuál es la verdadera forma del amor.

Fragmentos fragantes: ir a contracorriente en la era de la eficiencia
Vivimos en una época árida que convierte todo en cifras y lo mide por la relación costo-beneficio. En un mundo donde incluso el corazón humano llega a tratarse como una partida en un estado de pérdidas y ganancias, el gesto de una mujer que derrama en el suelo, en un solo momento, una suma enorme —trescientos denarios— parece una imprudencia sin sentido. Ante esta escena poderosa del Evangelio, el pastor David Jang interpreta ese acto que, a los ojos del mundo, no se puede explicar, con una expresión paradójica: “derroche santo”.

Su predicación, profunda y cuidadosa, nos recuerda que el amor, en su esencia, no puede traducirse al lenguaje de la eficiencia económica. Mientras Judas Iscariote y otros discípulos “tecleaban” la calculadora con la justificación razonable de ayudar a los pobres, Jesús, por el contrario, elogió a la mujer diciendo que ella había preparado plenamente su sepultura. Es como si declarara la ley de la gracia de la cruz: el amor no se completa cuando calcula condiciones y vacila, sino cuando se entrega hasta consumirse, sin reservar nada.

Solo quien lo entrega todo conoce el peso del amor
Este mensaje de vaciamiento total de uno mismo y de consagración atraviesa también, de generación en generación, las grandes obras de la historia cristiana. En el clásico inmortal Mero cristianismo (Mere Christianity), del gran apologista cristiano británico C. S. Lewis, se encuentra una penetrante intuición teológica que atraviesa el corazón de este “derroche santo”. Lewis sostiene que lo que Jesucristo nos pide no es un poco de tiempo “razonable” ni los restos de nuestros recursos, sino nuestro “yo entero”.

Su afirmación —“No quiero una parte de tu tiempo o de tu dinero, sino a ti mismo”— resuena de forma perfecta con el hecho de que la mujer que rompió el frasco no ofreció simplemente perfume, sino su propia existencia: toda su vida derramada. Como subraya el pastor David Jang, el amor verdadero no puede dividirse para calcularlo, ni puede aplazarse “en reserva” con la promesa de una seguridad futura. La mujer comprendió con la intuición del alma que, si no lo entregaba todo “ahora mismo”, perdería para siempre la oportunidad de amar; y esa obediencia inmediata la hizo habitar, para siempre, en la historia del Evangelio.

Lágrimas en el lienzo: convertidas en huellas eternas del Evangelio
Este instante asfixiante de entrega ha despertado la inspiración de innumerables artistas a lo largo de los siglos, convirtiéndose en un espacio de meditación bíblica que trasciende el tiempo. En la gran obra del maestro veneciano del siglo XVI, Paolo Veronese, El banquete en casa de Simón, se ve, en medio de columnas de mármol y un banquete fastuoso, que solo una mujer está postrada en el suelo. Mientras los poderosos y nobles ricos se pierden en sus intereses terrenales, solo ella ofrece una adoración íntegra al Rey del cielo. Más tarde, el maestro barroco Rubens también plasmó esta escena con un claroscuro dramático, contrastando con fuerza la mirada fría del mundo y el arrepentimiento ardiente de la mujer.

Lo interesante es esto: esos frutos artísticos —que, según los criterios del mundo, habrían sido “ineficientes”— siguen conmoviendo a incontables almas incluso siglos después. A través de este testimonio de la historia del arte, el pastor David Jang insiste en que las lágrimas y la entrega derramadas por el Reino de Dios no se dispersan en el vacío, sino que se convierten en una fragancia eterna del Evangelio que despierta a la siguiente generación.

Hoy, frente a mi frasco que aún no se ha quebrado
Entonces, para nosotros —que corremos tras el éxito y el logro en el siglo XXI—, ¿qué es hoy el “frasco de alabastro”? El pastor David Jang afirma con claridad que su alcance no se limita a lo económico. Mi camino y mi futuro, aquello que aprieto diciendo que “no puedo soltar”; mi tiempo, valiosísimo como oro; el orgullo pequeño con el que intento controlar la vida a mi manera; mi terquedad. Todo eso es, para cada uno, el frasco que debe hacerse añicos y quebrarse ante los pies del Señor.

Desde la lógica del mundo, no existe un derroche más ineficiente y más necio que este: que el Hijo del Dios Creador entregue su vida en la cruz por los pecadores. Sin embargo, de manera paradójica, ese derroche santo de la cruz salvó nuestra alma muerta. El pastor David Jang exhorta: solo quien ha experimentado profundamente este amor de la cruz —un amor que supera los cálculos— obtiene la verdadera libertad para romper, de buena gana, su propio frasco.

¿Estás listo para dejar de posponer un compromiso “tibio” para más adelante y derramar hoy lo más precioso que tienes? Cuando rompemos la calculadora llamada eficiencia y escogemos el derroche llamado amor, nuestra vida, aunque tosca, será por fin modelada como una obra maestra santa y hermosa del Evangelio.

www.davidjang.org

A Woman Who Shattered the World’s Calculator: Sacred Extravagance, and the Cross – Pastor David Jang (Olivet University)

A lavish banquet hall in Jerusalem, wrapped in deepening twilight. Amid the low murmur of conversation and the crisp clink of cups, a sharp sound sliced through the air—crack! The room fell into a heavy silence. There, a woman knelt and broke what was both her entire fortune and her most precious treasure: an alabaster jar of pure nard. She poured it out, soaking Jesus’ feet. As the room filled with a thick, trembling fragrance, some frowned and accused her of wasting wealth, while others whispered that it was incomprehensible fanaticism.

Yet what flowed through those broken shards was not merely expensive oil. It was a sign—an unspoken prophecy of Jesus’ body that would soon be shattered on the hill of Golgotha. And before that, it was the pure and fierce confession of a soul that had poured out her whole self in love. Brief but incandescent, this story still knocks against the hardened doors of our hearts thousands of years later, asking with unsettling clarity: What does real love look like?

Fragrant Shards: Defying the Age of Efficiency

We live in a bleak age that turns everything into numbers and argues over cost-effectiveness. Even the human heart is treated like a line item on a profit-and-loss statement. In such a world, the woman’s act—pouring out in an instant what amounted to three hundred denarii—can only look reckless.

Reflecting on this vivid Gospel scene, Pastor David Jang names what the world cannot explain with a paradoxical phrase: “sacred extravagance.” His profound preaching reminds us that love, by its very nature, cannot be translated into the language of economic efficiency. While Judas Iscariot and the disciples tap away at their calculators under the rational banner of helping the poor, Jesus praises the woman instead, declaring that she has prepared His burial fully. In doing so, He announces a law of Cross-shaped grace: love is not completed by hesitating over conditions, but by being poured out without remainder.

Only the One Who Gives All Knows the Weight of Love

This message of radical self-emptying and devotion runs like an unbroken thread through the great works of Christian history. In C.S. Lewis’s classic Mere Christianity, we find a piercing theological insight that reaches into the essence of this “sacred extravagance.” Lewis insists that what Jesus Christ asks of us is not a reasonable portion of our time or leftover resources, but our whole self.

His declaration—often summarized like this: “I don’t want some of your time or some of your money; I want you.”—resonates powerfully with the truth of the broken jar. The woman did not offer perfume alone; she offered her very existence, the entirety of her life. As Pastor David Jang emphasizes, real love cannot be divided into neat fractions, nor can it be postponed as we bargain for future security. The woman understood with the instinct of the soul that if she did not give everything now, she might lose forever the chance to love at all. And that immediate obedience placed her life inside the eternal history of the Gospel.

Tears on Canvas: Becoming an Everlasting Trace of the Gospel

This breath-stopping moment of devotion has stirred artists for centuries, becoming a timeless setting for biblical meditation. In Paolo Veronese’s monumental 16th-century work, Feast in the House of Simon, amid marble columns and a sumptuous banquet, only one figure lies low to the ground: the woman. While the powerful and the wealthy remain absorbed in their worldly interests, she alone offers wholehearted worship to the King of Heaven. Later, the Baroque master Peter Paul Rubens captured the same scene with dramatic contrasts of light and shadow, setting the cold gaze of the world against the woman’s burning repentance.

What is striking is this: what the world might have dismissed as inefficient “waste”—these artistic “extravagances”—still shake countless souls hundreds of years later. Through such testimony from art history, Pastor David Jang proclaims that tears and devotion poured out for the Kingdom of God never scatter into empty air. They become an enduring fragrance of the Gospel, awakening generations to come.

Today: Standing Before My Unbroken Jar

Then what is the alabaster jar for us—twenty-first-century people sprinting toward success and achievement? Pastor David Jang insists that this jar is not limited to money alone. It includes the career path I refuse to surrender, the golden hours I guard obsessively, the shallow pride and stubborn will that insists on controlling life on my terms. These are our jars—each one meant to be shattered and broken at the Lord’s feet.

By the world’s logic, there is no waste more foolish and inefficient than this: the Son of the Creator God giving His life on the Cross for sinners. And yet, paradoxically, it was precisely that sacred extravagance of the Cross that saved our dead souls. Pastor David Jang urges us: only those who have truly encountered this love that surpasses calculation can gain the freedom to break their own jar willingly.

Will you stop settling for “reasonable” compromises that you keep postponing—and be ready today to let what is most precious in your hands be poured out? When we smash the calculator named efficiency and choose the “waste” called love, our rough, ordinary lives will finally be shaped into a holy and beautiful masterpiece of the Gospel.

www.davidjang.org

Pastor David Jang (Olivet University): ¿En qué estás firme?

David Jang


Meditación del pastor David Jang sobre Efesios 6: de la restauración de las relaciones a la victoria espiritual

Entre los grabados del gran artista alemán Albrecht Dürer existe una obra maestra titulada Caballero, la Muerte y el Diablo (Knight, Death, and the Devil). En un valle cubierto por una oscuridad densa, la “Muerte”, sosteniendo una calavera, le acerca un reloj de arena como para apremiarlo; y detrás, un “Diablo” de figura grotesca lo amenaza. Sin embargo, el caballero en el centro cabalga en silencio, mirando solo hacia adelante. No se asusta ni mira a los lados. Esto es porque lo protege la sólida armadura que lo envuelve, la espada ceñida a su cintura y una mirada inquebrantable.

Esta imagen proyecta con agudeza la realidad espiritual en la que vivimos hoy. En un mundo donde se entrelazan conflictos visibles y tentaciones invisibles, ¿con qué debe vestirse el cristiano y qué debe aferrarse para seguir caminando? Efesios 6 es precisamente la respuesta solemne del apóstol Pablo a esta pregunta: un “manual estratégico” descendido del cielo. A través de su exposición de Efesios 6, el pastor David Jang (fundador de Olivet University)subraya que este capítulo no es una simple guía ética, sino un “manual de supervivencia” indispensable para que el creyente venza en la guerra entre la tierra y el cielo.


El orden del cielo que comienza en lo más cercano

Antes de hablar de una gran “guerra espiritual”, la mirada de Pablo se dirige primero a los espacios más íntimos y cotidianos: el hogar y el trabajo. El campo de batalla no está lejos. La relación entre padres e hijos, y entre jefes y empleados que enfrentamos cada día, es ya un escenario espiritual intenso. El pastor David Jang llama la atención sobre la declaración de Pablo cuando habla de que los hijos obedezcan a sus padres: “porque esto es justo”. Aquí, “justo” no significa una mera costumbre social. Contiene una profunda visión teológica: se trata del orden que Dios implantó al crear el mundo; y solo cuando nos sometemos a ese orden, el ser humano establece una relación correcta con el Creador.

La promesa de “para que te vaya bien y seas de larga vida sobre la tierra” al honrar a los padres no es un ofrecimiento de prosperidad superficial, sino que señala el estado de shalom (paz plena, integridad) que llega cuando el orden espiritual se endereza. Asimismo, que los padres no provoquen a ira a sus hijos, sino que los críen en la disciplina e instrucción del Señor; y que amos y siervos (o jefes y subordinados) se reconozcan mutuamente como personas que viven ante un Señor en los cielos, abandonen toda amenaza y actúen con fidelidad: todo ello es un acto de reconocer la soberanía de Dios escondida dentro de las relaciones.

Como explica el pastor David Jang, nuestra actitud en la familia y en el trabajo es, en sí misma, una confesión de fe. No se trata de actuar “como para los hombres”, sino de hacerlo “como para Cristo” con un corazón sincero. Esa sinceridad es el arma más poderosa que transforma el mundo.


La armadura de luz que corta la oscuridad: un consuelo firme

Después de establecer el orden en lo cotidiano, Pablo amplía la mirada hacia el mundo espiritual. Proclama que nuestra lucha no es contra carne y sangre, sino contra los espíritus malignos, y ordena revestirse de toda la armadura de Dios. Así como el caballero del grabado de Dürer atraviesa el valle de la muerte cubierto de armadura, nosotros también necesitamos un equipamiento espiritual: el cinturón de la verdadla coraza de justiciael calzado del evangelio de la pazel escudo de la feel casco de la salvación y la espada del Espíritu. Estas seis armas no son fragmentos aislados, sino una sola defensa completa que nos envuelve con el carácter de Cristo.

El pastor David Jang enfatiza especialmente que esta armadura es una herramienta de gracia que cubre nuestra fragilidad. Cuando Satanás dispara flechas de acusación, la coraza de justicia protege el corazón; cuando irrumpen dudas, el escudo de la fe apaga los dardos encendidos. Cuando el mundo se tambalea, el evangelio de la paz afirma nuestros pasos; aun en la desesperación, el casco de la salvación custodia nuestros pensamientos con esperanza. Y la única arma ofensiva, la espada del Espíritu, es decir, la Palabra de Dios, tiene el poder de cortar de raíz las artimañas del enemigo, tal como Jesús lo hizo en el desierto.

De este modo, la armadura no es algo que yo fabrico: es un regalo y una protección que Dios mismo nos viste.


El aliento de la oración que no calla: marcha hacia la victoria

Pero por perfecta que sea la armadura y por afilada que sea la espada, si no hay fuerza para moverlas, todo sería inútil. Por eso, inmediatamente después de describir la armadura, Pablo habla de la oración: “orando en todo tiempo en el Espíritu, y velando con toda perseverancia”. La oración es para el soldado armado como el aliento, y como la línea de suministroque sostiene al ejército en plena batalla. El pastor David Jang profundiza aquí en la importancia de la oración: la guerra espiritual no se libra con mi fuerza, sino que se combate como una “guerra delegada”, recibiendo mediante la oración el poder del cielo.

Lo sorprendente es el motivo de oración que pide Pablo, encadenado. No ruega por su liberación ni por su comodidad. En cambio, pide: “para que al abrir mi boca, me sea dada palabra para dar a conocer con valentía el misterio del evangelio”. Incluso la situación desesperante de la cárcel era, para él, el lugar donde se ejercía el oficio de “embajador” del evangelio. El pastor David Jang dice que esa actitud es precisamente la pasión indómita que debemos recuperar hoy. Cuando intercedemos unos por otros, más allá de nuestra seguridad personal—por la iglesia y por los predicadores del evangelio—no luchamos en soledad, sino que vencemos juntos como un gran ejército espiritual.

Al cerrar Efesios, Pablo envía consuelo por medio de Tíquico y bendice con gracia a “todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con amor inalterable”. Al final, la fuerza que impulsa toda esta lucha es el amor que no cambia. Quizá el caballero del grabado de Dürer pudo avanzar en medio de la oscuridad porque tenía fe y amor hacia la ciudad a la que debía llegar.

¿Cómo está tu vida hoy? ¿Estás agotado por dificultades en las relaciones o por un vacío inexplicable? Volvamos a ponernos delante del espejo de la Palabra para examinarnos. Como enseña el mensaje de Efesios que transmite el pastor David Jang, vístete firmemente de toda la armadura de Dios. Y dobla tus rodillas en oración. Entonces, por fin, seremos vencedores que atraviesan la oscuridad hacia la luz. La gracia llega sin falta a quienes están preparados y a quienes aman hasta el final.

www.davidjang.org

Pastor David Jang (Olivet University) — What Are You Standing On?

David Jang


Pastor David Jang’s Meditation on Ephesians 6: From Restored Relationships to Spiritual Victory

Among the engravings of the great German artist Albrecht Dürer, there is a masterpiece titled Knight, Death, and the Devil. In a valley draped in pitch-black darkness, “Death,” holding a skull, thrusts forward an hourglass as if to hurry time along, while a grotesque “Devil” threatens from behind. Yet the knight at the center fixes his gaze straight ahead and silently rides on. He does not tremble, nor does he look left or right. The solid armor that wraps his body, the sword at his waist, and his unwavering eyes are what guard him.

This image sharply reflects the spiritual reality we face today. In a world where visible conflicts and invisible temptations are tangled together, what should a Christian wear—and what should a Christian hold onto as they walk forward? Ephesians 6 is the Apostle Paul’s solemn answer to that question, a strategic manual delivered from heaven. Through his exposition of Ephesians 6, Pastor David Jang (founder of Olivet University) emphasizes that this chapter goes far beyond mere ethical guidance; it is an essential “survival manual” for believers to triumph in the war between earth and heaven.


Heaven’s Order Begins in the Closest Places

Before speaking about grand spiritual warfare, Paul turns his gaze to the most intimate and ordinary spaces: the “home” and the “workplace.” The battlefield is not far away. The relationships we face every day—between parents and children, and between supervisors and employees—are themselves intense spiritual ground.

Pastor David Jang highlights Paul’s declaration about children obeying their parents: “for this is right.” Here, “right” is not simply a social norm. It carries a profound theological insight: it is the order God embedded into the world at creation, and only by aligning with that order can humans enter into a right relationship with the Creator.

The promise of “that it may go well with you and that you may live long in the land” is not a shallow, prosperity-driven guarantee, but points to a state of shalom—wholeness and peace—that comes when spiritual order is properly established. Likewise, parents are told not to provoke their children but to raise them in the discipline and instruction of the Lord; masters and servants are to recognize that they, too, stand before a Master in heaven, abandoning threats and acting faithfully. All of this is an act of acknowledging God’s sovereignty hidden within relationships.

As Pastor David Jang explains, the attitudes we display at home and at work become our confession of faith. When we act not merely for the eyes of people, but with sincerity—“as to Christ”—that genuine heart becomes one of the most powerful weapons that can transform the world.


Armor of Light That Cuts Through Darkness: Firm Comfort

After establishing order in daily life, Paul expands the lens to the spiritual realm. He proclaims that our struggle is not against flesh and blood, but against evil spiritual forces, and commands us to “put on the full armor of God.” Just as the knight in Dürer’s engraving passes through the valley of death wearing armor, we, too, need spiritual equipment.

The belt of truth, the breastplate of righteousness, the shoes of the gospel of peace, the shield of faith, the helmet of salvation, and the sword of the Spirit—these six pieces are not scattered fragments, but a single covering that envelops us in the character of Christ.

Pastor David Jang especially stresses that this full armor is a tool of grace that covers our weakness. When Satan fires arrows of condemnation, the breastplate of righteousness guards the heart. When waves of doubt surge in, the shield of faith extinguishes the flaming arrows. When the world shakes, the gospel of peace steadies our steps. Even in despair, the helmet of salvation protects our minds with hope. And the only offensive weapon—the sword of the Spirit, the Word of God—has the authority to cut down the enemy’s schemes in an instant, just as Jesus did in the wilderness.

In this way, the full armor is not something we manufacture ourselves; it is a gift and protection that God Himself provides and clothes us with.


The Unceasing Breath of Prayer: Marching Toward Victory

Yet even if we wear perfect armor and carry a sharp sword, it becomes useless without the strength to move. That is why, immediately after describing the armor, Paul speaks of prayer: “pray at all times in the Spirit… be alert… always persevere.”

Prayer is to an armored soldier what breathing is to the body; it is the supply line pouring resources onto the battlefield. Pastor David Jang delves deeply into the significance of prayer at this point. Spiritual warfare is not fought by our own strength; it is a delegated battle—one we fight by receiving heaven’s power through prayer.

What is striking is the prayer request Paul makes while in chains. He does not ask for release or personal comfort. Instead, he asks: “that I may declare it boldly,” the mystery of the gospel. Even the despair of imprisonment was, for Paul, the very place where his calling as an “ambassador” for the gospel was carried out. Pastor David Jang says this posture is the spiritual wildness we must recover today. When we move beyond our personal well-being and intercede for the church and for gospel messengers, we no longer fight alone—we win together as a great spiritual army.

At the close of Ephesians, Paul sends comfort through Tychicus and blesses “all who love our Lord Jesus Christ with an undying (unchanging) love.” Ultimately, the driving force behind this entire struggle is steadfast love. Perhaps the reason the knight in Dürer’s engraving could ride forward through the darkness without wavering was that he held faith and love for the fortress he was headed toward.

How is your life today? Are you exhausted by strained relationships or a nameless emptiness? Let us stand again before the mirror of God’s Word and examine ourselves. As in the message of Ephesians that Pastor David Jang proclaims, put on the full armor God has given you—securely. And kneel in prayer. Then, at last, we will become victors who break through darkness and move toward the light. Grace will surely come to those who are prepared—and to those who love to the very end.

www.davidjang.org

Pastor David Jang – The Gospel for Tax Collectors and Sinners


1. The Gospel and Love

The Gospel is the love story of Christ. It is the good news proclaimed by the church and the message of God’s salvation delivered to us through the life and teachings of Jesus Christ. We can confirm in various parts of the Bible why this Gospel must be inevitably connected to “love,” and why the Gospel demonstrates the pinnacle of sacrificial love. As some biblical scholars say that Luke chapter 15 is “the chapter that explains the Gospel best,” it contains the core of both salvation and love. At the same time, the essence of the Gospel is transformation of life, and that transformation is ultimately the way for humanity to become truly human—namely, restoring the “image of God” that lies within us. For this Gospel not to remain merely an emotion or a temporary excitement but to be realized as “love” in our actual lives, it must have its source in God, and its practical outworking should appear as “sacrifice.”

Many people think of the Gospel as a set of doctrines or a system of faith that the church must convey. However, the Gospel that Jesus personally demonstrated through His life is, literally, “love itself that gives everything for the sake of a single life.” A representative chapter analytically describing the essence of that love is 1 Corinthians 13. The so-called “Love Chapter,” articulated in the language of an urban society by the Apostle Paul, explains the attributes of love in a highly logical and expository manner. The statement that begins, “Love is patient, love is kind. It does not envy…” (1 Cor. 13:4ff) is a universal language easily understood no matter where or when it is heard in the world. Yet it is crucial to recognize that this is not merely an ethical teaching or a set of polite manners; rather, it is the sacrificial love Christ showed on the cross.

Toward the end of 1 Corinthians 13, Paul says, “Then I shall know fully, even as I am fully known” (1 Cor. 13:12). He equates love with “knowing.” In Hebrew, the word “to know” does not simply denote the acquisition of information; it signifies personal communion and deep intimacy. Accordingly, love entails a relational aspect of deeply understanding and accepting one another. The phrase, “Then I shall know fully, even as I am fully known by the Lord,” can be interpreted as, “Just as the Lord has loved me, I too will come to know the Lord with perfect love.” Thus, the nature of love is rooted in intimate fellowship with God.

As 1 John 4:19 teaches, “We love because He first loved us,” the Gospel is the declaration that God first loved us. We can say that we “learn” love only because we have first been loved by God; and as we gradually come to realize that love, we too can be transformed into beings who love others. In this way, the Gospel thoroughly begins with God’s love and sacrifice, and its targets include everyone—even tax collectors and prostitutes. Jesus humbled Himself to the point of death, and in that humbling and sacrifice, God’s love was most clearly revealed.

Romans 10 says, “It is with your heart that you believe and are justified, and it is with your mouth that you profess your faith and are saved.” Faith means that the heart opens first, and from that heart naturally flows a confession. The circumstances that open the heart vary: sometimes intellectual enlightenment comes first and then opens the heart; sometimes the heart opens first and intellectual understanding follows. The important point is that heart and mind must move together for complete faith and the practice of love to be possible. Just as the Greeks emphasized that “human beings are rational beings,” the process of contemplating what love is, why the Lord has saved us, and why we ought to believe in Him is extremely important. Without such understanding, our faith risks degenerating into mere formalities or habitual acts.

What then, concretely, is love? From beginning to end, the Bible consistently describes love as “sacrifice.” Among many historical examples, one famous case is that when Pompeii was buried by a volcanic eruption, the remains of a mother were found holding her child in her arms. The mother’s instinctive sacrifice to protect her child with her own body at the moment of the explosion remained there, fossilized for all to see. This vividly illustrates how powerful the love to preserve life truly is. In general, life has a tendency to focus on self-preservation. When plants sprout from the ground, they engage in a survival competition to claim more sunlight and nutrients rather than yield to one another. However, contrary to this natural inclination, love makes it possible to “give way” to other lives and protect them through one’s own self-sacrifice.

We confess that the life of Jesus Christ—namely His death on the cross—is indeed the apex of “sacrificial love.” The event of Jesus on the cross was the most dramatic act of love, in which the perfectly sinless One died in the place of sinners for their salvation. As Pastor David Jang often emphasizes in his sermons and lectures, the core of the Gospel is precisely this sacrifice. The Lord’s death is not merely a religious symbol or ritual; it is an actual expression in which He personally showed all of us, “This is how I love you.” There are countless forms of love in the world, but the love that “spares nothing of oneself and gives one’s whole being” is the most ultimate form; and that is the essence of the message that the Christian Gospel proclaims.

Moreover, once we realize the value of this love, we come to see that such sacrifice is never in vain. Examining the word “sacrifice” in certain Asian languages (e.g., the Chinese characters for “희생”), some note that the character includes the word for “ox” (牛), recalling how an ox plows the fields its whole life, exerts its strength for its master, and in the end offers even its meat, hide, bones, and tail for human use. Just as the ox serves its master throughout its lifetime, Jesus devoted His entire life for us, displaying the greatness of love. It did not appear in some grand, flashy event but through humble acts of service visible up close—washing feet in a servant’s posture.

In John 13, where Jesus washes the disciples’ feet, it is a symbolic episode inaugurating the journey to the cross. The scene states that He “loved His own who were in the world, and He loved them to the end” (John 13:1). The phrase “to the end” implies God’s heart that endures endlessly and embraces us, even in the face of our betrayal, rejection, and ingratitude. The love of the cross is not merely intended to offer moral lessons or consolation; it was an actual event that brought salvation and restoration. We were treading the path of eternal death because of sin, but the Lord gave His life for us, granting us life. When we confess, “I love Jesus,” underlying that confession is the historical fact that “the Lord loved me first.”

Why, then, is this sublime and sacrificial love story called “the Gospel”? The Gospel is not just news of God’s existence; rather, it is the announcement that “God has loved us in this way,” and through that love, humans, once trapped in sin, can receive salvation and genuine life. In Romans 5, Paul says that “God demonstrates His own love for us in this: While we were still sinners, Christ died for us.” In other words, salvation is not our own achievement attained through our efforts; it is entirely the grace of God, and that grace is manifested in the fact that God first extended His love. We realize that love and respond to it by living lives of gratitude and dedication. That is how the Gospel is realized in our daily lives.

The love the Bible speaks of is not merely shouting “I love you” in words but is specifically revealed through “service” and “sacrifice.” When Jesus sat to eat with tax collectors and sinners, He was criticized by the Pharisees and scribes, but He paid them no mind. Instead, He personally visited them, stayed with them, reproved their sins yet at the same time extended forgiveness and restoration. Genuine love is a “love that goes forth and seeks people out.”

If we have truly come to know Jesus, we too should be able to serve and embrace people with that same love. When we care for the most marginalized and suffering people in our world—just as Jesus did for sinners and tax collectors—we most concretely demonstrate the love of Christ. As Pastor David Jang has taught on numerous occasions, for the church to serve as salt and light in society, it must base its work on this sacrificial love of Jesus and actively reach out to those who need a helping hand in real life. It is only when we show the Gospel through actions, not just words, that people can see and understand its true meaning.

We must recognize that all of us possess, in the depths of our hearts, the heart of a shepherd. Because God created humankind in His own image, we hold within us an inherent capacity to feel compassion for those in need and care for vulnerable lives. The logic of the world typically values the ninety-nine over the one. Conditioned by a common calculation that “ninety-nine are more important than one,” we may consider it inefficient to invest our time, resources, and energy in caring for the weak or marginalized. But the logic of the Gospel is the complete opposite. Through the story of the shepherd who leaves ninety-nine sheep in the open field to search for the one that is lost, Jesus emphasizes that “To God, that one is infinitely precious.”


2. The Gospel for Tax Collectors and Sinners

Luke 15 beautifully reveals God’s heart for “even one single life.” Verse 1 begins, “Now the tax collectors and sinners were all gathering around to hear Jesus,” and verse 2 describes how the Pharisees and scribes muttered among themselves, “This man welcomes sinners and eats with them.” In Jewish society, the term “sinner” did not only refer to those who strayed greatly from religious and moral standards but served as a general label for those the majority avoided. Yet Jesus did not shun such sinners; He even shared meals and fellowship with them. This was not just breaking a social taboo but fundamentally shaking the mindset of those who were accustomed to the Law.

Pharisees and scribes were respected in the Jewish religious community and society for their strict observance of the Law. They emphasized “holiness” and “separation” to the point that they thoroughly distanced themselves from sinners, to the extent of not even dining with them. In contrast, Jesus tore down that wall and welcomed sinners, entering directly into their everyday lives. This “unfamiliar contact” is precisely how the Gospel is practically conveyed. Instead of shouting from a distance, “You are sinners; repent immediately,” Jesus approached them up close, took them by the hand, and helped them stand. This is the Gospel Jesus demonstrated.

The parables in Luke 15 about the lost sheep, the lost coin, and the prodigal son all contain the same theme: God’s persistent intention to save those who seem worthless and whose lives are mired in sin, and the joy of heaven when they are restored. Jesus Himself told these parables, saying that “there is more rejoicing in heaven over one sinner who repents than over ninety-nine righteous persons” (Luke 15:7). This is not about logic or efficiency; it is about the heart of God driven by love.

Indeed, tax collectors and prostitutes were among the most despised groups under the religious system of the time. Tax collectors were scorned as slaves to money, and prostitutes were disdained for their sexual sin. Yet Jesus declared, “The tax collectors and the prostitutes are entering the kingdom of God ahead of you (Pharisees)” (Matt. 21:31). Because they had been great sinners, once they received forgiveness, they felt an even deeper gratitude and joy, and that gratitude ultimately led to a complete repentance and transformation of life. As Paul famously stated, “Where sin increased, grace increased all the more” (Rom. 5:20), an ironic demonstration of just how immense the grace and thankfulness can be for those who repent of great sins.

This love and message of salvation apply just as powerfully to us today. The world often says, “We must distinguish between valuable people and those who are not,” or “We should invest resources where the return on investment is greatest.” Sometimes the church itself adopts such worldly logic, welcoming those who appear more “capable” or those who “have more” while ignoring or neglecting those who do not. However, the core of the Gospel points in a completely different direction. The heart of the shepherd who spares no effort to find that single lost sheep embodies the essence of the church Jesus describes, and this love is the driving force for recovering lost souls.

Jesus repeatedly emphasized this concern for “those in the lowest places.” In Matthew 25, at the end of the Olivet Discourse, He teaches, “Whatever you did for one of the least of these brothers and sisters of mine, you did for Me.” This leaves no doubt that what the Lord wants from us is “concrete interest and love for those who are poor and marginalized.” Demonstrating such love is the responsibility of the church, and through that path, we expand Christ’s kingdom in the world. Pastor David Jang has often stressed in numerous missional contexts that the Gospel must be accompanied by concrete deeds as well as words. A Gospel lacking the unity of speech and action is only half complete and cannot truly move people’s hearts.

Therefore, when the church seeks to expand its Gospel ministry, the first posture it must adopt is to “look for the weakest and most marginalized in the world and reach out to them.” In Luke 15:4, Jesus asks, “Suppose one of you has a hundred sheep and loses one of them. Doesn’t he leave the ninety-nine in the open country and go after the lost sheep until he finds it?” Through this question, Jesus revives the “heart of the shepherd” inherently present in all of us. The Pharisees and scribes had lost that heart, so they despised tax collectors and sinners and reproached Jesus for dining with them. But in our deepest inner selves, we possess the capacity to feel that sorrow for even one lost sheep. The problem is that our worldly values, busy routines, or selfishness suppress that compassion.

The Lord wants us to overcome such barriers. The more a church grows, adding various programs and receiving ample financial resources, the more we are tempted to choose convenient and efficient ministries for “the many who have already gathered” rather than investing in “even one who is lost.” Yet the Gospel instructs us to value every single soul. It reminds us that when that single soul repents and returns, there is a great heavenly celebration.

Luke 15:5–6 says, “And when he finds it, he joyfully puts it on his shoulders and goes home. Then he calls his friends and neighbors together and says, ‘Rejoice with me; I have found my lost sheep.’” When the shepherd who went to find the lost sheep finally recovers it, he experiences profound delight. This is not merely the relief of finding a missing item; it is incomparable joy rooted in restoring life and relationship. Nothing else in the world can match the true gladness that arises from resurrecting and reconciling a life.

If we truly want to please God, we must never neglect the lost. Nothing delights God more than the moment a sinner repents. Luke 15:7 clarifies this: “I tell you that in the same way there will be more rejoicing in heaven over one sinner who repents than over ninety-nine righteous persons who do not need to repent.”

Here, we should note that “repentance” does not merely refer to moral regret or a routine confession of sin. Biblical repentance means an about-face. It is a fundamental reorientation of life’s goals and values, entailing an awareness of sin, trust in God’s forgiveness, and the determination not to return to that path of sin. Such genuine repentance is only possible when we more deeply comprehend God’s love. The more someone understands the magnitude of God’s love, the more they grasp the seriousness of sin and how great a grace they have received from it. The more profound one’s awareness of that grace, the more naturally gratitude and devotion arise, and such a person becomes a channel through which the power of the Gospel is proclaimed.

We can take Peter as an example. Although Jesus already knew that Peter would deny Him three times, He said, “When you have turned back, strengthen your brothers” (Luke 22:32). This implies that even though Peter would sin, through genuine repentance and turning back, he would become an even stronger witness of love. This is both a comfort and a challenge for us. Even if we fall into sin, if we repent and return, God can use our very weakness to share an even greater grace and love. Such is the realm of the Gospel, quite different from the realm of the Law. In the world of Law, “those who commit sins must be punished” is the normal order. But in the world of the Gospel, “change is brought about through forgiveness,” and God’s trust in us comes first.

Pastor David Jang has reiterated, through multiple sermons and teachings, “The life of Jesus welcoming tax collectors and sinners is the church’s eternal model.” According to his teaching, for the church to exist as the body of Christ, it must not be a closed house that excludes the world but should be constantly open, offering new opportunities, and leaving its doors wide open so that even a single soul may return in repentance. He also asserts that the church today must more actively approach society’s dark corners—serving the poor, the sick, the homeless, foreign workers, North Korean defectors, immigrants, and so forth—so that we may tangibly show the Gospel of Jesus. This is the calling of the church to continue the spirit of the “Gospel for tax collectors and sinners.”

In our era, as the church grows larger and accumulates substantial finances and resources, being acknowledged as “successful” by society is not inherently bad. The danger, however, is that such material abundance can narrow our perspective, leading us to disregard or neglect the poor and vulnerable. When Jesus said, “Love your neighbor as yourself” (Matt. 22:39), He did not intend for these words to remain a conceptual notion floating in our minds. In the parable of the Good Samaritan in Luke 10, we see clearly that we must practically take care of our neighbors who are found “beaten and left half-dead” rather than walking by on the other side of the road. That is what the Gospel is, and that is the role the church must fulfill here on earth.

To pursue this mission, both organized efforts and personal dedication are sometimes needed. Some churches build schools in mission fields, carry out medical missions, and engage in educational ministries to improve the lives of local people. Pastor David Jang has often shared a vision of celebrating the church’s 30th anniversary by building 300 schools in impoverished countries, explaining that the purpose is not merely to erect buildings but to search for lost souls and bring them tangible benefits of the Gospel. If children can be educated, freed from diseases, and gain opportunities to shape their futures through these schools, that goes far beyond a mere mission project. It is the very practice of “the Gospel that searches for one lost sheep.”

In this way, the Gospel opens our “new eyes.” It allows us to see people we had never before considered, to laugh and cry with them, and to find joy in meeting their needs. This is a paradoxical world unexplainable by ordinary calculations. It is a world where one might leave ninety-nine sheep behind for the sake of one, where we extend our hands first to the poor and the sick, where we do not automatically condemn a sinner but instead leave the door open for them to repent and return. That world is precisely what we call the Kingdom of God.

We should meditate daily on Jesus’ question: “Suppose one of you has a hundred sheep and loses one of them. Doesn’t he leave the ninety-nine in the open country and go after the lost sheep until he finds it?” Then we must examine whether we are truly seeking out the lost sheep in our concrete daily lives, investing our time and compassion in them. This applies inside the church as well. We should ask ourselves if we are neglecting newcomers, those who have come to church for the first time, or those who have been hurt and closed their hearts because of past failures. The Gospel is precisely the Lord’s call to stretch out our hands to them first.

“The Gospel for tax collectors and sinners” is not just for criminals or those who have committed notably large sins; it stems from the biblical teaching that essentially all human beings are sinners and in need of grace. We are all sinners before God, and we all require His grace. Jesus declared, “I have not come to call the righteous, but sinners to repentance” (Luke 5:32). This also warns each one of us not to think, “I am righteous; His words only apply to those people.” In truth, we all belonged to the “lost sheep” whom Jesus came to seek, and He loved us “to the end.”

One of the questions Pastor David Jang poses is, “Do we truly have the heart of the shepherd for that one lost sheep?” This remains a central question the church must keep pondering. While constructing larger church buildings or developing new programs or increasing church membership and offerings can all be significant, the more fundamental and essential task is “going to the places of need, sharing in people’s joys and sorrows, and concretely proclaiming the Gospel.” It is easy to say we lack the ability, but as Peter said in Acts 3, “Silver or gold I do not have, but what I do have I give you: In the name of Jesus Christ of Nazareth…”—we must hold on to that confidence and courage. The Gospel itself is the greatest gift and power.

When God seeks the lost sheep, He greatly delights in this labor of love from heaven’s perspective. We too can share in that joy. In Luke 15, when the shepherd finds his lost sheep, he calls his friends and neighbors together and exclaims, “Rejoice with me; I have found my lost sheep.” The church is the community that celebrates this joy with others. In other words, we share the joy of salvation, repentance, and forgiveness with one another, allowing people to taste in advance the banquet of the Kingdom of God.

In conclusion, the Gospel is “the Gospel for tax collectors and sinners.” Jesus’ life and teachings can be summarized by His practical dedication and love toward the lost. Tax collectors and prostitutes repent, enter God’s kingdom, and serve God with profound gratitude after receiving forgiveness for grave sins. This radical transformation brought by Jesus’ Gospel is the essence of what He accomplished. We must not merely grasp this love with our minds, but rather prove it through actual deeds in our lives. As Pastor David Jang has consistently emphasized, “Share the grace you have received with the weak and marginalized of the world,” because this is the most fundamental proclamation of the Gospel. And it is by no means grandiose or impossible; this “shepherd’s heart” is already dormant within us, waiting to be awakened, and emerges naturally when we follow in Jesus’ footsteps.

Countless “lost sheep” suffer in our world today—people we often disregard or pass by unnoticed. If the church truly is a Gospel community, it must go out to them and care for them. Whether it is a tax collector enslaved to money, a prostitute who has fallen in love, a young person wandering aimlessly, a patient in a hospital bed, or a soul contemplating a desperate end—everyone has an open path to becoming a child of God, and the church ought to have a shepherd’s heart to guide them to that path. If the “Gospel for tax collectors and sinners” is powerfully proclaimed again today through our churches and the lives of believers, and if Christ’s love is translated into tangible compassion and transformation, heaven will be filled with indescribable rejoicing. That is precisely how we experience in this world the Lord’s promise: “There is more rejoicing in heaven over one sinner who repents than over ninety-nine righteous persons who do not need to repent.” And it is also the most vivid demonstration that love is indeed the core of the Gospel.

Pastor David Jang ardently hopes that the Korean church and the global church will rediscover this “Gospel for tax collectors and sinners” and that the power of the Gospel will bring about real transformation in our society and mission fields worldwide. Whether in cities or rural areas, in wealthy nations or impoverished nations, if the church returns to “the shepherd’s heart that seeks the lost sheep,” countless souls will be restored, and God’s name will be greatly glorified. As we fulfill this calling of love, the Gospel will be proven by our actions, continuously extending to embrace more sinners who will then experience repentance, forgiveness, healing, and restoration. Through this entire process, the church becomes a true hope to the world, and it becomes evident that God’s kingdom is already unfolding here and now. In this way, the Gospel steadily expands, enabling more people to witness the love of Jesus Christ and join in the feast of salvation.

Thus, the Gospel is not merely a teaching to be heard but rather the life of Jesus Himself, who embraces tax collectors and sinners, dining with them. Because He first loved us, we also can know and share that love. Hence, the act of pursuing that single lost sheep is at the very heart of the church’s calling, and it is the channel through which the “Gospel for tax collectors and sinners” is fully embodied in the world. And for every pastor, servant, and believer who walks upon that path, God has prepared the commendation, “Well done, good and faithful servant.” May we continue to pray unceasingly and take real steps forward as God’s church and people.

www.davidjang.org

Pastor David Jang – El Evangelio para publicanos y pecadores


1. El Evangelio y el amor

El Evangelio es la historia del amor de Cristo. Es la buena noticia que la Iglesia proclama y, al mismo tiempo, el mensaje de salvación de Dios transmitido a nosotros a través de la vida y las enseñanzas de Jesucristo. Podemos comprobar en muchos pasajes de la Biblia por qué este Evangelio está inevitablemente vinculado al ‘amor’ y por qué muestra la expresión más sublime del amor sacrificial. Tal como algunos estudiosos de la Biblia afirman que el capítulo 15 de Lucas es “el que mejor explica el Evangelio”, en él se encuentran la esencia de la salvación y del amor. A la vez, la naturaleza del Evangelio radica en la transformación de la vida, y dicha transformación es, en última instancia, el camino a la verdadera humanidad, es decir, el restablecimiento de la “imagen de Dios” que reside en nosotros. Sin embargo, para que este Evangelio no se limite a una emoción humana o un momento de excitación pasajera, sino que se convierta en un “amor” aplicado a la vida cotidiana, su origen debe estar en Dios y su realización práctica debe manifestarse como “sacrificio”.

Mucha gente considera que el Evangelio es algún tipo de doctrina o sistema de fe que la Iglesia debe transmitir. Sin embargo, el Evangelio que Jesús mostró con Su propia vida es, literalmente, “el amor que entrega todo por una sola vida”. El capítulo que describe analíticamente la esencia de ese amor es 1 Corintios 13. Allí, el apóstol Pablo explica de manera muy lógica y detallada las características del amor con un lenguaje propio de una sociedad urbana. El pasaje que comienza con “El amor es paciente, es bondadoso. No es envidioso…” (1 Co 13:4 y ss.) emplea un lenguaje universalmente comprensible en cualquier parte del mundo. Pero lo importante es entender que no se trata de un simple precepto moral o cortesía, sino del “amor sacrificial que Cristo mostró en la cruz”.

Hacia el final de 1 Corintios 13, Pablo afirma: “Entonces conoceré plenamente, como Dios me ha conocido” (1 Co 13:12). Con ello equipara el ‘conocer’ con el ‘amar’. En hebreo, el término ‘conocer’ no se limita a adquirir información, sino que implica una comunión personal y una intimidad profunda. Por ello, el amor conlleva un aspecto relacional de comprensión y aceptación mutua. Allí, la expresión “Entonces conoceré plenamente, como Dios me ha conocido” se puede interpretar como: “Así como el Señor me amó, yo también llegaré a amar completamente al Señor”. De esta manera, la esencia del amor se arraiga en la comunión íntima con Dios.

Tal como enseña 1 Juan 4:19: “Nosotros amamos porque Él nos amó primero”, el Evangelio anuncia que Dios nos amó primero. Decimos que “aprendemos” a amar porque Dios nos amó en primer lugar, y es en ese proceso de asimilación de Su amor que también nosotros nos convertimos en seres capaces de amar al prójimo. Así, el Evangelio nace por entero del amor y del sacrificio de Dios, y está dirigido a todos, incluso a publicanos y prostitutas. Jesús se humilló hasta la muerte, y en esa humillación y sacrificio se manifestó con toda claridad el amor de Dios.

En Romanos 10 se dice: “Porque con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con la boca se confiesa para alcanzar la salvación”. La fe implica que primero se abre el corazón y, de ese corazón, brota espontáneamente la confesión. Existen diversas maneras de que el corazón se abra. A veces, la comprensión intelectual se produce antes y entonces el corazón se dispone; otras veces, el corazón se abre primero y luego llega la comprensión intelectual. Lo crucial es que, en definitiva, ambas dimensiones —corazón y entendimiento— se muevan conjuntamente para que la fe y la práctica del amor sean completas. Así como los griegos destacaban que el ser humano es un ente racional, es muy importante reflexionar por qué el Señor nos salva y por qué debemos creer en Él. Sin este discernimiento, nuestra fe podría convertirse en una costumbre o en un acto meramente formal.

¿Entonces qué es el amor en términos concretos? La Biblia expone de manera consistente que el amor es ‘sacrificio’. Un ejemplo histórico muy conocido es el descubrimiento, tras la erupción volcánica que sepultó Pompeya, de los restos de una madre abrazando a su hijo. Quedó petrificado el instante en que la madre usó su cuerpo para proteger a su hijo, con el fin de salvarle la vida. Esto ilustra con cuánta fuerza el amor impulsa a preservar la vida. La naturaleza de los seres vivos suele inclinarse a la autopreservación. Cuando una planta rompe la tierra para salir a la luz, compite por la supervivencia más que ceder espacio o recursos. Sin embargo, el amor, a diferencia de esta tendencia natural, posibilita “abrir camino y proteger a otro ser” a costa del sacrificio de uno mismo.

Confesamos que la vida de Jesucristo, en especial Su muerte en la cruz, es la cumbre del “amor sacrificial”. El acontecimiento de la cruz se convirtió en el acto de amor más dramático, pues un ser puro y sin pecado murió por la salvación de los pecadores. Tal como enfatiza el pastor David Jang en varias de sus prédicas y conferencias, la clave del Evangelio se encuentra precisamente en ese sacrificio. La muerte del Señor no se reduce a un mero símbolo o rito religioso; es la expresión tangible de “así de grande es Mi amor por ustedes”. En el mundo existen incontables expresiones de amor, pero el “amor que se entrega sin reservas” es su forma más sublime, y precisamente esa es la esencia del mensaje que el Evangelio cristiano transmite.

Una vez que comprendemos este amor, nos damos cuenta de que el sacrificio no es en vano. Si analizamos la palabra ‘sacrificio’ en chino (犧牲), observamos el carácter que simboliza al buey (牛), un animal que, a lo largo de su vida, ara el campo y ayuda en todo al labrador, y al final entrega su carne, piel, huesos e incluso la cola. Del mismo modo, Jesús nos mostró la grandeza de Su amor al dedicar toda Su existencia para nosotros. Esto no ocurrió mediante actos ostentosos o solemnes, sino a través de una entrega humilde y cercana: sirviendo, lavando los pies de los discípulos.

En Juan 13, cuando Jesús lava los pies de Sus discípulos, se da comienzo simbólico al camino de la cruz. En esa escena se dice que Jesús, “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13:1). La expresión “hasta el fin” incluye la paciencia infinita y la compasión divina que soportan e incluyen incluso nuestra traición, rechazo e ingratitud. Ese amor de la cruz no busca darnos únicamente una lección moral o un consuelo, sino que constituye un suceso real que trae salvación y restauración. Cuando la humanidad avanzaba por el camino de la muerte a causa del pecado, el Señor entregó Su propia vida para darnos la vida eterna. Cuando confesamos “Yo amo a Jesús”, implícitamente reconocemos la realidad histórica de que “Él me amó primero”.

¿Por qué esta historia de amor tan extraordinaria y sacrificial es el ‘Evangelio’? El Evangelio no se limita a anunciar la existencia de Dios, sino que declara: “Dios nos amó de tal manera”. Y por ese amor, podemos ser salvados del pecado y recibir la vida verdadera. En Romanos 5, Pablo afirma: “Cuando aún éramos pecadores, Cristo murió por nosotros, y así Dios prueba Su amor para con nosotros”. La salvación no es un logro de nuestras propias fuerzas, sino la gracia plena de Dios. Esa gracia se revela en el hecho de que Él tomó la iniciativa de amarnos. Al darnos cuenta de ese amor, respondemos con gratitud y dedicamos nuestra vida al Señor. Y así se va cumpliendo el Evangelio en nuestra existencia.

La Biblia señala que el amor que proclama no son meras palabras, sino que se expresa con ‘servicio’ y ‘sacrificio’ concretos. Cuando Jesús se sentó a comer con publicanos y pecadores, aun a costa de ser criticado por fariseos y escribas, no le importaron las censuras. Más bien, Él los buscaba, convivía con ellos, les señalaba su pecado y, a la vez, les ofrecía perdón y restauración. El amor verdadero es ese “amor que va al encuentro”, que se pone en marcha.

Si de verdad hemos conocido a Jesús, nosotros también deberíamos poder servir y acoger a las personas con ese amor. Al igual que Jesús, hemos de cuidar y acompañar a los pecadores, a los publicanos y a los más marginados y sufrientes de nuestro entorno. Allí se manifiesta de forma más palpable el amor de Cristo. Tal como el pastor David Jang ha enseñado en repetidas ocasiones, para que la Iglesia actúe como sal y luz en la sociedad, es imprescindible que se base en el amor sacrificial de Jesús y que salga a buscar concretamente a quienes necesitan ayuda. Cuando no nos limitamos a proclamar el Evangelio de palabra, sino que lo demostramos con nuestros hechos, la gente capta y comprende el verdadero sentido del Evangelio.

Todos debemos reconocer que en lo más profundo del corazón poseemos el sentir de un pastor. Puesto que Dios creó al ser humano “a Su imagen”, en nuestro interior habita la compasión hacia el necesitado y la inclinación a cuidar la vida frágil. La lógica del mundo suele dar más importancia a la mayoría representada por 99 ovejas, y concluye: “Es más importante el bienestar del grupo que la de un solo individuo”. Con tal mentalidad, puede parecer poco eficiente destinar recursos, tiempo y esfuerzo a ayudar a los marginados. Sin embargo, la lógica del Evangelio es todo lo contrario. El Señor presenta la historia del pastor que deja a las 99 ovejas en el campo para ir en busca de la que se perdió, subrayando así que “para Dios, ese único ser extraviado es sumamente valioso”.


2. El Evangelio para publicanos y pecadores

Lucas 15 muestra claramente este “corazón de Dios por cada vida”. En el versículo 1 leemos: “Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle”. Y en el 2: “Los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: ‘Éste recibe a los pecadores y come con ellos’”. En la sociedad judía, ‘pecadores’ no solo designaba a quienes transgredían normas religiosas o morales, sino a todos aquellos marginados que la mayoría rehuía. Pero Jesús no solo no los excluyó, sino que se sentó a la mesa con ellos y compartió su vida. Esto no solo rompió un tabú social, sino que sacudió profundamente la mentalidad de quienes conocían la Ley de Moisés.

Los fariseos y los escribas eran respetados en el ámbito religioso y social judío por su estricta observancia de la Ley. En su afán de “santidad” y “separación del pecado”, se distanciaban al máximo de los pecadores, hasta el punto de negarse a compartir comida con ellos. Sin embargo, Jesús derribó esa barrera al acoger a los pecadores y adentrarse en su realidad. El Evangelio se transmite de forma efectiva mediante este tipo de “encuentros inesperados”. No se proclama desde lejos: “Son pecadores, ¡arrepiéntanse!”, sino que se anuncia al acercarse, tomando de la mano y levantando a quien está caído.

En Lucas 15, las parábolas de la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo comparten el mismo tema: la perseverante voluntad de Dios de salvar a aquellos que parecen no tener valor y que viven sumidos en el pecado, y la alegría del reino de los cielos cuando esas vidas son restauradas. Jesús concluye estas parábolas diciendo: “Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento” (Lc 15:7). Esto se basa no en la lógica o la eficiencia, sino en el amor con el que Dios actúa.

En aquel entonces, los publicanos y las prostitutas eran el grupo más despreciado en el sistema religioso judío. Los publicanos eran tildados de esclavos del dinero, y las prostitutas, por el pecado sexual, eran objeto del mayor desprecio. Sin embargo, Jesús afirmó: “Os aseguro que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios” (Mt 21:31). Precisamente porque tenían muchos pecados, cuando recibieron el perdón experimentaron una gratitud y un gozo inmensos, y esa gratitud produjo un arrepentimiento genuino y una transformación completa de vida. Al igual que Pablo dijo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Ro 5:20), el relato subraya de forma paradójica cuán grande puede ser la gracia y la gratitud de quien era gran pecador y se arrepiente.

Este mensaje de amor y salvación sigue vigente hoy. A veces, la perspectiva del mundo es: “Hay que distinguir a la gente ‘válida’ de la que no lo es”, “Hay que invertir donde el beneficio sea mayor”. Incluso la Iglesia corre el peligro de adoptar este criterio y dar la bienvenida solo a los “más capaces” o a quienes “más poseen”, dejando de lado a quienes no tienen nada. Pero la esencia del Evangelio apunta en la dirección opuesta. El corazón de aquel pastor que busca a la oveja perdida es la verdadera esencia de la Iglesia que Jesús describió, y ese amor es el motor para rescatar a las almas perdidas.

Jesús reiteró la importancia de prestar atención a los más necesitados. Al final del discurso del Monte de los Olivos en Mateo 25, Jesús declara: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”. Con ello nos muestra claramente que lo que más desea de nosotros es “un interés y un amor concretos por los pobres y marginados”. Realizar ese amor es responsabilidad de la Iglesia, y a través de ello, extendemos el Reino de Cristo en este mundo. El pastor David Jang ha enfatizado repetidamente que, en la práctica misionera, el Evangelio no se limita a palabras, sino que debe ir acompañado de “obras” (deeds). Un Evangelio cuyos hechos no coincidan con sus palabras es un Evangelio a medias y no conmueve de veras los corazones.

Por lo tanto, cuando la Iglesia extiende la obra del Evangelio, la actitud fundamental que debe adoptar es “buscar a los más pobres y marginados y acercarse a ellos”. Lucas 15:4 dice: “¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la que se perdió hasta encontrarla?”. En esta pregunta, Jesús despierta en nosotros el “corazón de pastor” que todos poseemos de forma innata. Los fariseos y los escribas habían perdido ese corazón, por eso despreciaban a publicanos y pecadores, y criticaban a Jesús por comer con ellos. Pero en lo más profundo, nuestro ser es capaz de sentir esa compasión y anhelo por la oveja extraviada. El problema es que las preocupaciones de la vida, el afán del mundo o nuestro propio egoísmo llegan a reprimir ese sentir.

El Señor quiere que trascendamos dichas barreras. Cuanto más crece la Iglesia y se multiplican sus programas y recursos, más fácil es descuidar a la oveja perdida y dedicarse, por conveniencia y eficiencia, a las muchas ovejas que ya están dentro. Sin embargo, el Evangelio manda valorar cada alma individualmente. Y nos recuerda que cuando una sola de esas almas se arrepiente y regresa, en el cielo se arma la mayor fiesta.

En Lucas 15:5-6 leemos: “Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: ‘Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido’”. Cuando el pastor encuentra a la oveja perdida, siente un júbilo inmenso. Es un gozo muy distinto de la simple sensación de alivio por encontrar un objeto extraviado. Es la alegría de devolver la vida y de restaurar la relación, una felicidad incomparable.

Para agradar realmente a Dios, no podemos descuidar a las almas perdidas. Lo que más gozo produce en el cielo es que un pecador se arrepienta. El versículo 7 de Lucas 15 lo deja claro: “Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento”.

Debemos recordar, además, que el ‘arrepentimiento’ en la Biblia no es un mero remordimiento moral ni una confesión rutinaria de pecados. El arrepentimiento bíblico implica un cambio radical de rumbo, un giro en el objetivo y el sentido de la vida. Incluye reconocer el pecado, creer en el perdón de Dios y tomar la firme decisión de no volver atrás. Este arrepentimiento auténtico se produce conforme profundizamos en el amor de Dios. Porque cuanto más entendemos la magnitud del amor de Dios, más percibimos la gravedad de nuestro pecado y la grandeza de la gracia que nos ha sido dada. Esa gran conciencia de la gracia provoca una gratitud y una entrega natural, y nos convertimos en testigos del poder del Evangelio.

Pedro es un buen ejemplo de esto. Jesús sabía de antemano que Pedro lo negaría tres veces, pero aún así le dijo: “Y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc 22:32). Allí encontramos la certeza de que, si bien Pedro pecaría, al arrepentirse llegaría a ser un testimonio aún mayor del amor de Dios. Esto nos da ánimo y esperanza. Aunque caigamos en el pecado, si nos volvemos al Señor con arrepentimiento sincero, Él puede usar incluso nuestra debilidad para impartir una gracia y un amor todavía mayores. Esta es la diferencia fundamental entre el mundo de la Ley y el mundo del Evangelio. En la Ley prevalece la norma: “Si pecaste, debes ser castigado”, pero en el Evangelio impera la confianza de Dios que dice: “Mediante el perdón, tú puedes transformarte”.

El pastor David Jang ha repetido en múltiples ocasiones que “la vida de Jesús, que acogió a publicanos y pecadores, es el modelo eterno de la Iglesia”. Según su enseñanza, para que la Iglesia sea el Cuerpo de Cristo, no debe ser un lugar cerrado para la gente, sino una casa siempre abierta que ofrezca oportunidades nuevas y mantenga sus puertas abiertas de par en par para que un alma en pecado pueda entrar y arrepentirse. Él también insiste en que la Iglesia de hoy ha de salir con más ímpetu a los lugares más desfavorecidos: acompañar a los pobres, a los enfermos, a los sintecho, a los inmigrantes, a los refugiados, etc., y servirlos, demostrando así el Evangelio de manera concreta. Esa es la misión de la Iglesia que vive el espíritu del “Evangelio para publicanos y pecadores”.

En la actualidad, cuando muchas Iglesias se hacen grandes y disponen de abundantes fondos, que el mundo secular reconozca su “éxito” no es malo en sí mismo. El problema es que esa prosperidad económica puede hacer que la visión se estreche, y que se acabe ignorando o despreciando al necesitado. Pero Jesús dijo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22:39). Esto no debe quedarse en una idea teórica. Como en la parábola del buen samaritano en Lucas 10, hemos de socorrer, en la realidad, al prójimo que yace herido y medio muerto, en vez de ignorarlo. Ese es el verdadero Evangelio y el rol que la Iglesia está llamada a desempeñar en este mundo.

Para cumplir con esa misión, no basta con los esfuerzos institucionales. También hace falta la entrega personal. Hay Iglesias que levantan escuelas en las misiones, ofrecen servicios médicos y educativos y se esfuerzan en mejorar la vida de la población local. El pastor David Jang, hablando de la celebración del 30 aniversario de la Iglesia, compartía la visión de construir 300 escuelas en países pobres, insistiendo en que el objetivo no es simplemente “edificar edificios”, sino “alcanzar a las almas perdidas y bendecirlas con los frutos concretos del Evangelio”. Si a través de dichas escuelas, los niños reciben educación, se libran de enfermedades y adquieren oportunidades para forjar su futuro, esto va más allá de un proyecto misionero: se convierte en la práctica misma de un Evangelio que “sale en busca de la oveja perdida”.

Así, el Evangelio nos abre ‘nuevos ojos’. Nos hace ver a personas que antes pasábamos por alto, compartir con ellas sus alegrías y tristezas, y hallar gozo al satisfacer sus necesidades. Es un mundo paradójico que la lógica secular no alcanza a explicar. Es un mundo donde dejas noventa y nueve ovejas por una, donde tiendes la mano primero a los pobres y enfermos, donde no se condena automáticamente al pecador, sino que se le abre la puerta para que se arrepienta y vuelva. Ese mundo es el Reino de Dios que anunciamos.

Cada día deberíamos meditar en estas palabras de Jesús: “¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la que se perdió hasta encontrarla?”. Y preguntarnos si en la práctica buscamos realmente a las ovejas perdidas y dedicamos nuestro tiempo y esfuerzo a ellas. Esto vale también dentro de la Iglesia. ¿Estamos desatendiendo, sin darnos cuenta, a los recién llegados o a quienes, por experiencias de fracaso y dolor, tienen el corazón cerrado? El Evangelio nos insta a extender la mano a esas personas en primer lugar.

El “Evangelio para publicanos y pecadores” no se refiere tan solo a criminales o a quienes han cometido pecados escandalosos, sino que parte de la enseñanza bíblica de que todos los seres humanos somos pecadores ante Dios y necesitamos Su gracia. Jesús mismo dijo: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lc 5:32). Estas palabras son, a la vez, un aviso para que nadie piense: “Eso no va conmigo, yo soy justo”. En realidad, todos somos “ovejas perdidas” incluidas en el plan redentor de Jesús, y Él nos buscó y nos amó “hasta el fin”.

El pastor David Jang suele plantear la pregunta: “¿Realmente tenemos el corazón de pastor para esa oveja perdida?”. Esta cuestión exige reflexión constante en la Iglesia. Ampliar templos o programas, o incrementar la membresía y las ofrendas puede ser importante hasta cierto punto, pero la tarea esencial y primaria es “ir en busca de los que están en lo más bajo y compartir con ellos sus alegrías y lágrimas, proclamando el Evangelio de manera tangible”. A menudo nos excusamos diciendo que no tenemos capacidades. Pero, como dijo Pedro en Hechos 3: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret…”, así nosotros también podemos obrar con convicción y valentía. El Evangelio, en sí mismo, es el mejor regalo y el mayor poder.

Cuando Dios ve el esfuerzo de quien busca a la oveja perdida, se alegra grandemente en el cielo. Y nosotros podemos participar de ese gozo. En Lucas 15, cuando el pastor encuentra la oveja perdida, invita a sus amigos y vecinos, exclamando: “¡Alegraos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido!”. La Iglesia es la comunidad que comparte ese gozo —el gozo de la salvación, el gozo del arrepentimiento y el gozo del perdón—, celebrando desde ahora la fiesta del Reino de los Cielos.

En conclusión, el Evangelio es “el Evangelio para publicanos y pecadores”. La vida y las enseñanzas de Jesús se resumen en el acto concreto de amor y entrega hacia los que estaban perdidos. Los publicanos y las prostitutas se arrepintieron y entraron al Reino de Dios, y los grandes pecadores que recibieron perdón sirvieron luego a Dios con agradecimiento mayor. Eso muestra la transformación radical que el Evangelio de Jesús produce. Debemos no solo comprender este amor a nivel intelectual, sino demostrarlo con nuestra vida cotidiana. Tal como recalca el pastor David Jang, “compartir la gracia que hemos recibido con los más débiles y marginados del mundo” constituye el llamamiento fundamental del Evangelio. Y no se trata de algo grandioso o imposible, sino que, cuando despertamos el “corazón de pastor” que ya anida en nuestro interior y seguimos las huellas de Jesús, ese servicio brota naturalmente.

Hoy en día, hay innumerables “ovejas perdidas” que sufren en medio del dolor y a las que solemos ignorar. Si la Iglesia es realmente una comunidad del Evangelio, tiene que salir a buscarlas. Los publicanos que están atrapados por el dinero, las prostitutas que fracasaron en el amor, los jóvenes que vagan sin rumbo, los enfermos en sus camas, los que están al borde de una decisión fatal: para todos ellos las puertas del Reino siguen abiertas, y la Iglesia debe acogerlos con el corazón de un pastor. Si el Evangelio para publicanos y pecadores se proclama hoy con fuerza a través de la Iglesia y la vida de los creyentes, y si el amor de Cristo se hace presente con acciones concretas que provoquen una transformación real, entonces en los cielos habrá un gozo indescriptible. Tal como dice el Señor: “Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento”. Esa es la vía para experimentar aquí y ahora la voz del Señor, y también la mejor prueba de que el amor es la esencia del Evangelio.

El pastor David Jang ora fervientemente para que la Iglesia coreana y la Iglesia en el mundo vuelvan a descubrir este “Evangelio para publicanos y pecadores”, y para que el poder del Evangelio provoque cambios reales en la sociedad y en los campos misioneros. Si en la ciudad y el campo, en países ricos o pobres, la Iglesia regresa al “corazón de pastor” que busca a la oveja extraviada, incontables vidas serán restauradas y el nombre de Dios recibirá gran gloria. Cuando cumplimos con esta vocación de amor, el Evangelio se hace patente en la vida cotidiana y se sigue expandiendo, haciendo que cada vez más pecadores experimenten arrepentimiento, perdón, sanidad y restauración. Así, la Iglesia se convierte en la verdadera esperanza para el mundo, y se hace evidente que el Reino de Dios está aquí y ahora. De esta forma, el Evangelio continúa extendiéndose y un número creciente de personas contempla el amor de Jesucristo y participa del banquete de la salvación.

Así pues, el Evangelio no es una simple enseñanza que se escucha; es la vida misma de Jesús que se sienta a la mesa con publicanos y pecadores. Porque Él nos amó primero, podemos conocer ese amor y comunicarlo. Por eso, el acto de salir a buscar la oveja perdida constituye el núcleo de la misión de la Iglesia y el canal por el cual el “Evangelio para publicanos y pecadores” se hace realidad en el mundo. Y para todos los que se entregan en ese camino —pastores, misioneros, creyentes—, Dios tiene preparada la alabanza: “Bien, buen siervo y fiel”. Confiamos en ello por la fe. Oremos sin cesar y demos pasos concretos para convertirnos en esa Iglesia y en esos creyentes que viven el Evangelio hoy.

www.davidjang.org

張ダビデ – アダムとキリスト


1. アダム一人の罪とその影響

ローマ書5章12-21節を見てみると、パウロは「ひとりの人」という表現を9回も繰り返し用いて、アダムとキリストを鮮明に対比させている。張ダビデ牧師は、この対比こそ私たちの信仰の核心を示す代表的な本文だと強調する。「ひとりの人」アダムによって罪がすべての人類に転嫁され、その結果、死が万人を支配するようになったが、今やもう一人の「ひとりの人」イエス・キリストによって義と命がもたらされた、という教理が示されているのがローマ書5章12-21節だからである。

ここで最初に直面する神学的概念は「原罪(original sin)」だ。張ダビデ牧師は、人々が本能的に抱く反発、すなわち「自分は罪を犯したことがないのに、なぜアダムの罪が自分の罪になるのか」という疑問をしばしば取り上げる。実際、多くの人は、自分が直接犯していない犯罪がどうして自分の責任として転嫁されるのか、受け入れがたいと感じる。しかしパウロは本文で、アダムひとりの不従順によって罪が世に入り、その罪によって「死」という暴君のような権威が人類を支配するようになったと述べている。

張ダビデ牧師は、この部分を解説しながら、現代の人類が死の陰に生きている具体例を挙げる。もし私たちの本性が渇望するエデンの園が今も続いているならば、この世が苦痛と罪と死であふれる理由などあるはずがない。だが現実はそうはならない。私たちは望まなくても罪の権威の下に置かれ、それが暴君のように私たちを圧迫するのだ。たとえ「人間は実際に罪を犯しているのだから罪人であることは認めるにしても、なぜアダムひとりの罪が自分と関係あると聖書は言うのか」との疑問が湧いたとしても、聖書はその始点がアダムにあると証言する。すなわち、アダムの不信仰と不従順によって罪が世に入り、その結果として死が人類を支配するに至ったのである。

張ダビデ牧師は、この原理をパウロが説明する際、律法と罪の関係がどのように確立されたのかにも触れている。ローマ書5章13節によると、「罪は律法が与えられる前から世にあったが、律法がなかった時には罪は罪として認められなかった」と記されている。律法はモーセ以降に与えられたが、その前からすでに罪そのものは存在していた。ただ、法的な基準として「罪」が確定していなかっただけであり、モーセの律法が示されたことで初めて、人は罪とは何かをより明確に認識するようになったということだ。例えばカインがアベルを殺した時や、アダムが禁じられた木の実を食べた時、それはすでに「罪」だったが、成文化された律法がなかったため、「法律を破った」という概念としては認められなかったにすぎない。だから、律法がなくても罪は常に存在しており、律法は罪をより鮮明に罪として認識させる機能をもつ。しかし律法自体が罪の問題を根本的に解決してくれるわけではないので、律法によっては人間は罪と死の権威から自由になることはできないのだ。

ローマ書5章14節でパウロは、「アダムからモーセまでの間、アダムの違反と同じような罪を犯さなかった人々にも死は王として君臨した」と述べる。張ダビデ牧師は、この節に注目し、アダムのように直接禁じられた実を食べる行為こそしなかったにせよ、その罪の結果として死がすべての人類に及んだことを強調する。これが、私たちがよく語る「原罪論」の重みである。ひとりのアダムが頭(かしら)となって罪に陥ったがゆえに、彼の子孫はその罪の影響力の下に生まれるというわけだ。

張ダビデ牧師は、使徒パウロがこの段階で「アダムは来るべき方のひな型(型)である」と呼んでいる部分を特に注視すべきだと説く。アダムによって罪と死がもたらされたように、「新しいアダム」であるイエス・キリストを通して、義と命という新しい歴史が開かれることを示唆しているからだ。この構造の中で、私たちはアダムを象徴する「古い人」に属するのか、それともキリストを象徴する「新しい人」に属するのかを黙想せざるを得ない。

ローマ書5章15-19節でパウロは、さらにアダムとキリストの対比を強調する。アダムひとりの不従順によって人類に罪が転嫁されたように、イエス・キリストひとりの従順によって多くの人々が命の救いを得ることになるのだ。ここで再び登場する神学的概念が「転嫁(imputation)」である。張ダビデ牧師は、この「転嫁」を改めて詳しく解き明かす。私たちが直接罪を犯さなかったとしても、アダムの罪が私たちに受け継がれたのと同様、私たち自身にはいささかの義もないにもかかわらず、キリストが成し遂げた完全な義が私たちに与えられる。こうした罪の転嫁(original sin)と義の転嫁(キリストの義)は、人間の能力や功績とは全く無関係に起こる、徹底して神的な主権と恵みによる出来事だ。

これと関連してパウロは、コリント第一の手紙15章45-47節で、最初の人アダムと第二の人アダムとしてのイエス・キリストを比較する。最初の人アダムは土から成った肉の存在だが、最後のアダムであるイエス・キリストは天から来られた霊的なお方だ。最初の人アダムが「生きた魂(a living being)」であるのに対し、第二の人アダムであるキリストは「生かす霊(a life-giving spirit)」という決定的な違いをもつ。アダムのうちにあってはすべての人が罪と死の支配下にあるが、キリストにあっては永遠の命を得ることができる。ゆえに、この二人の代表者を私たちがいかなる態度で迎え入れるかが、人間の運命を左右するのである。

張ダビデ牧師は、本文が語るこの「代表性」について、「代表論(Doctrine of Representation)」または「連合論(Principle of Representation and Corporate Solidarity)」として説明する。つまり、すべての人類はアダムと連合しているゆえに彼の罪が転嫁され、今やキリストと連合した信者たちは、その方の義が転嫁され、新たな命を得るのだ。実際、人間は構造的に互いに絡み合っているように、ひとりの犯罪やひとりの従順は、そのひとりだけにとどまらず、多くの人々に影響を及ぼす。

張ダビデ牧師は、これを日常的な例でも説明する。例えば、「あなたの名前は何ですか?」と問われたとき、ある部族文化圏では、自分自身の個人名よりも先に、その部族の名前を挙げる人々がいる。つまり、その共同体と「連帯」している自覚があるわけだ。このように私たちも霊的な次元で、アダムを「頭(ヘッド)」とする一つの身体として連帯されていたので、アダムが犯した罪の結果を共に背負うことになった。しかし今やイエス・キリストが新しい頭(new head)となってくださったので、私たちがキリストと結びつくとき、キリストが成し遂げられた義の功績がそのまま私たちに流れ込んでくる。そこで張ダビデ牧師は、この原理を「種子改良論」と比喩的に呼んでいる。イザヤ書53章10節で苦難のしもべは死ぬが「子孫(種)を得る」と預言されるが、まさにキリストの死と復活によって、新しい「種子」が現れ、それによって私たちは「新しいアダム」の系譜に属するようになったというわけだ。

このように、最も核心的で重大な罪は、不信仰(unfaith)と不従順(disobedience)である。アダムに現れたその罪の本質は、神が「食べるな」とお命じになった戒めを信じず、破ったことに起因する。もしアダムがまったく神の言葉を信頼し、従っていたのなら、人類に死と罪の支配は及ばなかっただろう。しかしアダムは不信仰の道を選び、その代償として罪と死が王として君臨するようになった。

張ダビデ牧師は、ヨハネの福音書15章の「わたしはぶどうの木、あなたがたはその枝である」という言葉も、同じ文脈で理解すべきだと提示する。ぶどうの木であるキリストと連合している枝は多くの実を結ぶが、その木から離れてしまえば何もできない。これが代表論、そして連合の原理であると。張ダビデ牧師は、キリストと連合するためには、まず私たちの古い人がキリストの死と共に十字架につけられねばならず、キリストの復活によって新しい命を得る経験が必要だと力説する。つまり、本来アダムから受け継いだ肉的で罪にまみれた命は、イエスの十字架と共に葬られ、キリストの復活の命によって新たに生まれるということである(ガラテヤ2章20節)。そうする時、私たちは罪と死の勢力から解放され、「新しい創造(new creation)」となる(コリント第二5章17節)。

張ダビデ牧師は、創世記12章でアブラハムを召された神が「あなたによって地のすべての民族が祝福を得る」と語られた御言葉も「代表性と連帯性」の原理で解釈すべきだという。ひとりのアブラハムを通して全人類が祝福を得るという契約が与えられたのと同じ原理で、アダムひとりが罪を転嫁し、イエスひとりが義を転嫁した。出エジプト記20章の十戒の場面でも、「わたしを愛し、わたしの戒めを守る者には千代に至るまで恵みを施す」とあるように、罪も祝福も決して個人にだけとどまらず、共同体全体や後の世代にまで連帯的な結果を生み出す。

民数記16章のコラの反逆事件では、コラの罪のために、彼とその家族、そして彼の所有物まですべてが処罰を受ける場面があり、これは代表論と連帯性の恐ろしさを端的に示している。ヨシュア記7章のアカンの罪でも、アカンだけでなく家族や財産まですべてが石打ちにされて焼かれてしまう。彼らがこれほど極端な措置をとったのは、罪の連帯的影響力を恐れ、それが共同体全体に及ぶことを根本的に遮断しようとしたからである。

張ダビデ牧師は、創世記15章でアブラハムが雌牛とやぎと雄羊を二つに裂いて神の契約と結びつく場面も同じ脈絡で解釈する。神はアブラハムに「あなたの子孫は400年の間、異国の地で寄留して苦しめられる」と預言されたが、これは契約の代表者であるアブラハムのわずかな従順あるいは不従順、完全さあるいは不十分さまでも後の時代に大きな影響を与えるという点を示している。アブラハムが神の言葉に完全に従えなかった部分が、結果的に後の世代に連鎖していく。こうして一個人の行いであっても、個人の範囲を超えて共同体と歴史を代弁するため、その行為のもたらす余波が子孫に伝わることが代表論の恐ろしさであり、同時に祝福された約束でもある。

ヤコブの手紙5章17-18節で、預言者エリヤが祈ると天が閉ざされて雨が降らず、再び祈ると雨が降ったという場面も、パウロの語る代表性と共鳴する。神の人ひとりの祈りが民全体に影響を与え、その祈りによって天が開かれたり閉ざされたりするのは、ひとりの人の位置と権威が決して個人の次元にとどまらないことを示す。

ローマ書5章20-21節に至ると、パウロは「律法が入ってきたのは、違反が増し加わるためであった」と語り、「しかし罪の増し加わるところには恵みもいっそう満ち溢れる」と宣言する。張ダビデ牧師はこの部分で、パウロが「命と永遠の命の賛歌」を歌っているかのようだと表現する。罪によって死が王として君臨していた世界が、今やイエス・キリストの恵みと義の賜物によって、命が王となる世界へと変わる。これによって、人類が罪と死の支配下で苦しめられていた古い歴史は過ぎ去り、新しいアダムであるキリストによって新しい歴史が開かれる(コリント第二5章17節)。

張ダビデ牧師は、結局、ローマ書5章12-21節のメッセージは「アダムに属する古い本性か、それともキリストに属する新しい本性か」を問う問いに要約できると語る。アダムにとどまる限り、私たちは罪と死の道を歩まずにはいられないが、キリストと連合してその方のうちに生きる時、私たちは義と命の豊かさにあずかる。パウロの言う代表論と連帯性は、単なる難解な教理ではなく、今私たちが罪の支配下で生きるのか、それとも恵みの支配下で生きるのかを決定づける現実的な問題なのだ。張ダビデ牧師が繰り返し強調するように、キリストの恵みこそが、私たちを死を超えて永遠の命へと導く唯一の力であり、アダムの罪と罪責が取り除くことのできなかった深い絶望を克服する道なのである。


2. キリストひとりの義と救い

ローマ書5章12-21節で強調されるテーマは、アダムと決定的に対照をなす「ひとりの人イエス・キリスト」に関する部分である。張ダビデ牧師は、この本文が語る「新しいアダム」こそが、私たちの信仰のアイデンティティを決定づける核心だと力説する。先にアダムが罪の門を開いて死と破滅をもたらしたとすれば、イエス・キリストは十字架での従順と復活によって、義と命に至る道を大きく開いてくださったからである。

パウロはローマ書5章15-19節で、「ひとりの人(アダム)の罪」と「ひとりの人(キリスト)の従順」を明確に対比させる。罪と不従順が支配していた場所に、今は義と従順が打ち立てられ、その結果、罪人であった者たちが義とされ、新しい生を生きるようになったというのだ。張ダビデ牧師は、ここで繰り返し「転嫁(imputation)」という概念を想起させる。罪がアダムから転嫁されたように、今度はキリストの義が私たちに転嫁される。キリストが義なる行いを通して達成された結果を、私たちは「なんの功績もなく」まるごと享受する。それこそが恵みの真髄であると。

この思想は、パウロがコリント第一の手紙15章でアダムとキリストの関係を語る文脈とも密接に結びついている。最初の人アダムは生きた魂となったが、不従順によって罪と死をもたらし、最後のアダムであるイエス・キリストは人々に永遠の命をもたらす「生かす霊」となった。張ダビデ牧師は、これこそ福音書と使徒書簡全体に流れる中心的筋書きだと述べる。イエス・キリストの十字架と復活は、ひとりの人の死と復活を超えて、人類全体の頭(代表)として、罪に沈む者たちに代わって死に、そして再び生きてくださったということである。

こう言うと、中には「イエス様が十字架を背負われたからといって、なぜ私が自動的に救いを得るのか。自分ができなかったことをイエス様がなさったのはわかるが、それがどうして私に適用されるのか」と疑問を投げかける人もいるだろう。これに対して張ダビデ牧師は、「代表論」と「連合の原理」がその答えを提示すると繰り返し主張する。人間はもともとアダムと罪の連帯の中に生まれ、その罪の隷属から逃れられなかったが、イエスが新しい代表者としてその罪の代価を支払ってくださったからこそ、私たちは「信仰によって」キリストと連合する瞬間、キリストの従順と義がそのまま自分のものとなる。パウロがガラテヤ2章20節で示すように、「私はキリストとともに十字架につけられた」と告白し、「もはや私が生きるのではなく、キリストが私のうちに生きておられる」と宣言する時、私たちは実質的に古い自分が死に、新しい人として生まれ変わるのだ。張ダビデ牧師は、この過程を「種子の根本的変化」とも説明する。まるで種そのものが新たに変えられたので、今や異なる実を結ばざるを得ないというわけである。

ローマ書5章17節を見ると、「もしひとりの人の罪によって、そのひとりを通して死が王として君臨したのなら、なおさら、恵みと義の賜物を豊かに受ける者たちは、ひとりのイエス・キリストを通して命にあって王として君臨するだろう」と述べられている。張ダビデ牧師は、この表現について、死と罪が王として君臨していた時代は終わり、今や恵みと義が王として君臨する時代が到来したことを宣言するものだと解釈する。パウロは「王として君臨する」という表現を用いて、人がただ罪悪感から解放されるだけでなく、キリストによって得た新しい命が私たちの存在全体を支配する質的変化を起こすと見ている。イエス・キリストの救いの御業は、罪からの解放にとどまらず、私たちを義と命の王権の下に移し、新しい秩序と力を享受させる出来事なのである。

この箇所で張ダビデ牧師は、ヨハネの福音書15章の「ぶどうの木のたとえ」を改めて引用する。イエスがぶどうの木、私たちがその枝であるので、幹にとどまる枝は必然的に実を結ぶが、離れてしまった枝は何の実も結べない。こうしてキリストとの連合は、私たちの生を決して以前のままでいられなくする。さらに、イエスがヨハネの福音書15章9節以下で「父がわたしを愛されたように、わたしもあなたがたを愛した。あなたがたはわたしの愛のうちにとどまりなさい」と語られた招きは、私たちがキリストの愛と御言葉のうちに絶えずとどまることが、霊的成長と豊かさの必須の鍵であることを示している。

張ダビデ牧師は、これを「代表であるキリストとの合一」と呼ぶ。連合は単なる教理的同意ではなく、実際の生活に深く関わる問題であるため、教会はひとつの身体としてキリストの統治と恵みを経験する場であるべきだと説く。つまり、キリストと連合する者たちは義と命に根を下ろし、キリストの体である教会の中で互いに仕え合い成長していく。その過程を通して、罪と死の支配を超える具体的な生の変化がもたらされるのだ。

ローマ書3章24-25節には、「キリスト・イエスにある贖いによって、神の恵みにより無償で義とされる。神はこのイエスを、その血による信仰を通して和解のいけにえ(贖いの供え物)として立てられた」というように記されている。張ダビデ牧師は、パウロが用いる三つの比喩―奴隷市場(贖い)、法廷(義認)、祭壇(和解のいけにえ)―を通して、イエス・キリストの救いの御業がいかに代表的かつ代償的であり、また実質的な意味をもつかを説明する。イエスは私たちの罪の代価を身代わりに支払い、罪人である私たちが法廷で「義人だ」と宣言されるようにし、大祭司としてご自分の身を和解のいけにえとして捧げることで罪の隔たりを取り去られた。これらすべての救いの恵みが「代表であるイエス」との連合を通して適用される、と張ダビデ牧師は繰り返し語る。

この代表論は、世の中の例えを挙げても説明できる。国家の代表者が締結した条約一つが国民全体の運命を左右するように、家庭の代表が家の所有権を他人に譲れば、その構成員全体が連帯的に影響を受けるように、一人の決定が個人を超えて共同体全体に及ぶのである。霊的な側面でも同じことが言える。アダムが罪の契約書に「判子」を押して人類全体を罪と死に縛り付けたとすれば、イエス・キリストは義と命の契約書に「判子」を押して私たちの運命を変えてくださった。だからこそ張ダビデ牧師は、これらの節を読む時、罪の深刻さはもちろんのこと、キリストの救いの御業がいかに大きく包括的であるかに目を開かねばならないと力説する。

ローマ書5章20-21節の結論部分で、パウロは罪が増し加わるために律法が与えられたと言い、「しかし罪の増し加わるところには恵みがいっそう満ち溢れる」と宣言する。死が王として君臨していたところに、今や恵みが王として君臨し、イエス・キリストによって人は永遠の命にあずかると高らかに述べる。張ダビデ牧師はこの言葉を引用し、たとえ世の中が罪に覆われているように見えても、落胆してはならないと助言する。むしろキリストの恵みがその罪を覆ってなお余りあるという事実を握るべきなのだ。実際、教会史を振り返ると、もっとも暗鬱とした時代にこそ、神の恵みが爆発的に顕現した事例が多く見られる。それは恵みが罪より強力であり、命が死よりもはるかに勝っているからである。

あわせて張ダビデ牧師は、コリント第二5章17節「だれでもキリストのうちにあるなら、その人は新しい創造である。古いものは過ぎ去り、見よ、すべてが新しくなったのである」というパウロの宣言も引用する。アダムのうちにあって死が王として君臨した時代は過ぎ去り、今やキリストにあって命が王として君臨する時代が開かれたのだ。信者はこの事実を日々意識し、さらには生の中で罪に打ち勝ち、聖なる歩みを求める方向へ自然に向かっていくべきだ。

総じて、ローマ書5章12-21節に示される「アダムからキリストへ」と続くこの救いの大叙事を握る時、人間の罪に対する自己憐憫や絶望、あるいは「本当に自分が変わることなどできるのか?」という懐疑が居場所を失うと語る。実際、イエス・キリストを信じ、罪の赦しを受けた聖徒は、もはやアダムの堕落に引きずられる存在ではなく、「新しいアダム」と連合して義と命、そして永遠の希望を抱く者となったことを日々確認すべきである。それは単なる観念的な話ではなく、実際に存在の根本が変わったという宣言であるがゆえ、死が王として君臨していたところから、いつの間にか抜け出し、命にあって「王として君臨する」生き方ができるようになるのだ。

張ダビデ牧師は、この真理を聖徒一人ひとりの敬虔生活や教会共同体のビジョン、さらには社会的責任へと拡張して適用するよう提案する。ひとりの信仰と従順は、決してその個人の枠にとどまらず、家庭や教会、さらに世の中にまで影響を及ぼす「連帯的」性格をもっているからだ。したがって、イエス・キリストの義と命が流れるクリスチャンひとりは、暗い世のただ中で明るい光を照らす可能性と使命を同時に背負った存在となる。ひとりの人がイエス・キリストから代表権を委任され、罪がはびこる場所に恵みと命を運び、不義に満ちた場所に正義と愛を伝え、絶望が色濃い場所に希望を植える生き方をするのだ。

ローマ書5章12-21節は、「ひとりの人」という表現を通して、罪と死、そして義と命の歴史がいかに人類と個々人に展開していくかを圧縮して示している。パウロはこの本文で、アダムの不従順がもたらした壊滅的な結果と、キリストの従順がもたらした救いと命の祝福を厳粛に宣言している。張ダビデ牧師は、この本文を説教するにあたり、各聖徒が「いったい自分はどの代表の下にいるのか?」を省みるよう促してきた。アダムの下にとどまるなら、罪の重みから永遠に解放されることはないが、イエス・キリストのうちに入るならば、義と命を贈り物として受けることができるのだ。

こうして「ひとりの人の従順によって多くの人が義とされる」というパウロの結論は、単なる個人的悟りや信仰的慰めを超えて、実際に存在が刷新されることを告げ知らせる。張ダビデ牧師は、この福音こそが教会と聖徒が握るべき核心のメッセージであり、この福音の力が信仰告白の次元を越えて生活の変化をもたらさねばならないと繰り返し強調してきた。

張ダビデ牧師によれば、ローマ書5章12-21節の核心は、ただ「罪がある、恵みがある」というだけでなく、「命の現実性」にある。福音は、私たちに「罪の赦しを受けた」という宣言だけを伝えるのでなく、「今やあなたがたは命にあって王として君臨しなさい」という新しい秩序を付与する。よって、信者はアダムの罪と連合した古いアイデンティティを断ち切り、イエス・キリストと連合した新しいアイデンティティを生きる使命を帯びているのだ。

張ダビデ牧師は、ローマ書5章12-21節を通して聖徒たちが二つの事実を明確にとらえるよう促す。第一に、アダムのうちにあってはすべての人間が罪と死の運命を免れ得ないことを認識する。第二に、イエス・キリストのうちにあっては、新しい義と命の運命を喜んで受け入れることだ。アダムの影響力を否定することはできないが、それを乗り越えるキリストの救いの御業は、いっそう大きく、さらに強力である。罪が深いほど恵みがいっそう満ち溢れるというパウロの告白を現実の中で体験する時、信者は真の自由と希望を得る。

張ダビデ牧師が強調するように、「ひとりの人の従順によって多くの人が義とされる」という言葉は、福音の核心を突く一文である。罪のうちに生まれた全人類が、抗えないと思われた死の権勢さえも、イエス・キリストの十字架と復活の前では崩れ去った。信じる者がその事実を見上げ、キリストと連合して日々恵みと義、そして命の実体を味わうことこそ、ローマ書5章が伝える最も喜ばしい知らせである。

アダムひとりによって死と罪の宣告が下されたが、イエス・キリストおひとりによって義と命がもたらされた。このシンプルな宣言には、人類史全体を貫く壮大な救済史が凝縮されている。張ダビデ牧師は、信徒たちがこの真理をつかむ時、かつてアダムが開いてしまった罪の世界にもはや屈せず、イエス・キリストが展望された新しいエデン、すなわち神の国の力をこの地上においても具体的に実現していくことができるのだと繰り返し説いている。

そういうわけで、ローマ書5章12-21節のメッセージは、現代を生きる信者にとっても依然として力強い。私たちは生まれながらにアダムの罪性と連合しているが、イエス・キリストの救いにあずかることで新しい被造物となれる。罪と死がいかに強い暴君のように見えても、キリストの恵みと義はそれをはるかに凌ぐ力をもっている。「ひとりの人の従順によって多くの人が義とされる」というこの宣言は、私たちが日々罪と戦い、つまずく時でさえ、なお私たちを支え続ける福音の力なのである。

このように、張ダビデ牧師はローマ書5章12-21節を通して、救いの根本原理である代表性と連帯性、そこから派生する罪の転嫁と義の転嫁を簡潔かつ力強く説き明かす。結局、今日の私たちに突きつけられた選択は、古い代表であるアダムのうちにとどまるか、それとも新しい代表であるイエス・キリストと連合するかの問題である。その結果は、罪と死の継続か、あるいは義と命の新たな歴史かに分かれる。私たちがキリストのうちにとどまる時、罪の増し加わるところに恵みがいっそう増し加わるという奇跡のような出来事が起こる。張ダビデ牧師は、これこそ福音の力であり、教会が伝えるべき真の希望のメッセージだと力説している。

www.davidjang.org

David Jang – Adán y Cristo


1. El pecado de un solo hombre, Adán, y su impacto

Al examinar Romanos 5:12-21, observamos que Pablo repite la expresión “un solo hombre” hasta nueve veces, contrastando intensamente a Adán y a Cristo. El pastor David Jang enfatiza que este contraste constituye un pasaje representativo que revela el núcleo de nuestra fe. Debido al pecado de “un solo hombre”, Adán, el pecado fue imputado a toda la humanidad y, como resultado, la muerte dominó a todos. Ahora, por el otro “un solo hombre”, Jesucristo, nos ha llegado la justicia y la vida. Esta enseñanza se encuentra precisamente en Romanos 5:12-21.

El primer concepto teológico que encontramos aquí es el “pecado original (original sin)”. El pastor David Jang menciona con frecuencia la reacción instintiva de la gente contra esta doctrina: “¿Por qué se me considera pecador si nunca he cometido el pecado de Adán?”. En efecto, resulta difícil aceptar cómo un crimen que no cometimos directamente nos puede ser atribuido. Sin embargo, Pablo afirma en el texto que, a causa de la desobediencia de un solo hombre, Adán, el pecado entró en el mundo y, como consecuencia, el poder tiránico de la muerte pasó a dominar a la humanidad.

Al explicar esta parte, el pastor David Jang presenta ejemplos concretos de cómo la humanidad vive hoy bajo la sombra de la muerte. Si todavía existiera el Jardín del Edén tal como lo anhela nuestro ser más profundo, no habría razón para que el mundo actual estuviera lleno de sufrimiento, de pecado y de muerte. Pero la realidad no es así. Estamos sometidos al poder del pecado, que nos oprime como un tirano. Incluso admitiendo que “los seres humanos pecan realmente, así que reconocemos que somos pecadores”, algunos se preguntan: “¿Por qué, entonces, la Biblia dice que el pecado de un solo hombre, Adán, tiene algo que ver conmigo?”. Sin embargo, la Escritura testifica que el origen está en Adán. Por la incredulidad y desobediencia de Adán, el pecado entró en el mundo y la muerte comenzó a dominar a la humanidad.

El pastor David Jang también señala cómo Pablo, al explicar este principio, expone la relación entre la Ley y el pecado. En Romanos 5:13, se lee: “Pues antes de la ley ya había pecado en el mundo, pero donde no hay ley, el pecado no se imputa como tal”. Si bien la Ley se dio en tiempos de Moisés, el pecado ya existía antes de eso. Lo que sucedía era que, al no estar presente un estándar legal explícito, no se definía formalmente como “pecado”. Solo después de la entrega de la Ley de Moisés se pudo identificar claramente lo que era el pecado. Por ejemplo, cuando Caín mató a Abel o cuando Adán comió del fruto prohibido, ya era un acto pecaminoso. Sin embargo, al no existir una Ley escrita, no se hablaba en términos de “violar una norma”. Así pues, incluso sin la Ley, el pecado seguía existiendo, y la función de la Ley consistía en hacer aún más evidente la naturaleza del pecado. No obstante, la Ley en sí misma no resuelve el problema del pecado de manera fundamental, por lo que por medio de ella no podemos liberarnos del poder del pecado y de la muerte.

En Romanos 5:14, Pablo afirma: “No obstante, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no pecaron de la misma manera que pecó Adán”. El pastor David Jang destaca este versículo para subrayar que, aunque no cometieron el acto de comer el fruto prohibido, la muerte alcanzó a todos los seres humanos como consecuencia del pecado de Adán. Este es el peso que posee la “doctrina del pecado original”. Debido a que un solo hombre, Adán, como cabeza de la humanidad, cayó en la transgresión, todos sus descendientes nacen bajo la influencia de ese pecado.

El pastor David Jang señala que en este punto Pablo llama a Adán “figura del que había de venir”. Así como el pecado y la muerte llegaron por medio de Adán, el “Nuevo Adán”, Jesucristo, inaugura una nueva historia de justicia y de vida. Frente a esta estructura, debemos reflexionar si seguimos perteneciendo al “viejo hombre” representado por Adán, o al “Nuevo Hombre” que representa Cristo.

En Romanos 5:15-19, Pablo continúa enfatizando este contraste entre Adán y Cristo. Así como a través de la desobediencia de Adán el pecado fue imputado a la humanidad, por la obediencia de Jesucristo muchos reciben la salvación y la vida. En este contexto, el pastor David Jang vuelve a explicar detenidamente el concepto teológico de la “imputación (imputation)”. Aunque no hayamos pecado personalmente como Adán, su pecado se nos transfiere; del mismo modo, aunque no tengamos justicia propia, la justicia perfecta de Cristo se nos otorga a nosotros. Es decir, la “imputación del pecado (original sin)” y la “imputación de la justicia (la justicia de Cristo)” se llevan a cabo sin que intervenga la capacidad o el mérito humano, siendo fruto exclusivo de la soberana gracia divina.

En relación con esto, Pablo compara en 1 Corintios 15:45-47 al primer hombre, Adán, con el segundo Adán, Jesucristo. El primer hombre, Adán, es un ser terreno formado del polvo, mientras que el último Adán, Jesucristo, vino del cielo. Si el primer hombre, Adán, fue un “alma viviente” (un ser viviente), el segundo Adán, Cristo, es “Espíritu que da vida”. La diferencia esencial radica en que, mientras todos mueren bajo el dominio del pecado en Adán, en Cristo reciben vida eterna. Nuestra actitud hacia estos dos representantes determina nuestro destino.

El pastor David Jang explica que esta representatividad se conoce como la “Doctrina de la Representación” o el “Principio de la Representación y Solidaridad Corporativa”. Toda la humanidad está unida a Adán, de manera que su pecado se nos atribuyó; ahora, los creyentes unidos a Cristo reciben la justicia de Él y, por lo tanto, obtienen la nueva vida. En el plano humano y estructural, nuestras vidas están entrelazadas: el pecado de un solo hombre y la obediencia de otro no se limitan a afectar únicamente a esa persona, sino que influyen en muchos.

El pastor David Jang ofrece ejemplos de la vida cotidiana para ilustrar esto. Por ejemplo, cuando en algunas culturas tribales se pregunta: “¿Cuál es tu nombre?”, algunos responden primero con el nombre de su tribu antes que con su nombre personal, reconociendo su pertenencia solidaria a la comunidad. De la misma manera, nosotros estábamos unidos a Adán como nuestra “cabeza”, y por ello cargamos con las consecuencias de su pecado. Pero ahora Jesús, el Cristo, se convierte en nuestra “nueva cabeza”; al estar unidos a Él, la justicia que Él logró se transfiere íntegramente a nosotros. El pastor David Jang usa a modo de analogía el término “teoría de mejoramiento de la simiente”. En Isaías 53:10 se anuncia que, aunque el Siervo sufriente muera, verá “su descendencia”. A través de la muerte y la resurrección de Cristo, surge una “nueva simiente”, y gracias a ella pasamos a pertenecer al linaje del “Nuevo Adán”.

El pastor David Jang señala que el pecado más esencial y más grave es la incredulidad (unfaith) y la desobediencia (disobedience). La esencia del pecado de Adán radicó en no creer ni cumplir el mandamiento divino de “no comas”; si hubiera confiado plenamente y obedecido, la muerte no habría reinado sobre la humanidad. Sin embargo, Adán eligió el camino de la incredulidad, lo que trajo como consecuencia que la muerte reinara sobre el género humano.

El pastor David Jang sugiere que debemos leer Juan 15 —“Yo soy la vid, vosotros los pámpanos”— a la luz de la misma idea. Si las ramas permanecen unidas a la vid, que es Cristo, producen fruto abundantemente; sin embargo, separadas de Él, nada pueden hacer. Este es el principio de la “Doctrina de la Representación” y de la unión con Cristo. Para estar unidos a Cristo, primero nuestro viejo hombre debe ser crucificado con Él, y debemos experimentar la resurrección a una nueva vida (Gálatas 2:20). Dicho de otro modo, la vida carnal y pecaminosa que heredamos de Adán queda sepultada con la cruz de Jesús, y nacemos de nuevo con la vida resucitada de Cristo (2 Corintios 5:17). Solo así podemos liberarnos del poder del pecado y de la muerte, y convertirnos en una nueva creación.

El pastor David Jang utiliza Génesis 12 para ilustrar este principio de “representación y solidaridad”: Dios llamó a Abraham y le prometió: “En ti serán benditas todas las familias de la tierra”. Fue el pacto mediante el cual, a través de un solo hombre, Abraham, toda la humanidad recibiría la bendición. El mismo principio se aplica a cómo “un solo hombre, Adán”, transmite el pecado, mientras que “un solo hombre, Jesús”, transfiere la justicia. En Éxodo 20, donde se exponen los Diez Mandamientos, Dios también promete bendecir hasta mil generaciones a quienes le aman y guardan sus mandamientos. El pecado y la bendición nunca se limitan a un individuo, sino que, en solidaridad, abarcan a la comunidad entera y a las generaciones futuras.

Números 16 describe la rebelión de Coré. Vemos que el pecado de Coré arrastra no solo a él, sino también a su familia y sus posesiones a la destrucción. Esto ilustra de forma dramática la seriedad de la “Doctrina de la Representación” y de la “solidaridad”. También en Josué 7, cuando Acán peca, no es únicamente él quien sufre el castigo, sino toda su familia y posesiones, que son apedreadas y quemadas. Tales medidas extremas tenían el objetivo de cortar de raíz la influencia solidaria del pecado sobre la comunidad.

El pastor David Jang relaciona con este tema la escena de Génesis 15, donde Abraham parte por la mitad animales como becerras, cabras y carneros en relación con el pacto divino. Dios le revela a Abraham que sus descendientes serán extranjeros en tierra ajena durante 400 años y padecerán. Esto demuestra que la fidelidad o la falta de obediencia de Abraham, el representante del pacto, acarreará consecuencias que recaerán en las generaciones sucesivas. Cualquier acto de obediencia parcial o de desobediencia afectará a su descendencia. Así de temible y a la vez esperanzador resulta el principio de la representación y la solidaridad: un solo individuo, que representa a una comunidad y a la historia, puede ver multiplicados los efectos de su conducta en la posteridad.

Santiago 5:17-18 menciona que, cuando Elías oró, dejó de llover, y cuando volvió a orar, la lluvia descendió. La repercusión de la oración de un solo siervo de Dios influyó en todo el pueblo, abriendo y cerrando el cielo. Esto confirma, de manera coherente con el argumento de Pablo, que la posición y autoridad de una sola persona no se circunscriben a su plano individual.

En Romanos 5:20-21, Pablo afirma que la Ley vino para que el pecado abundara más, pero que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. El pastor David Jang describe este pasaje como un “canto a la vida y a la vida eterna”. El mundo que era gobernado por el poder de la muerte ahora se transforma en un mundo donde la vida reina, gracias a la gracia de Jesucristo y al don de justicia que nos ha sido concedido. Así llega a su fin la vieja historia de la humanidad, sumida en el dolor bajo el dominio del pecado y la muerte; y se abre una nueva historia gracias al “Nuevo Adán”, Jesucristo (2 Corintios 5:17).

En última instancia, el pastor David Jang explica que Romanos 5:12-21 nos plantea la pregunta: “¿Pertenecemos a la antigua naturaleza en Adán o a la nueva naturaleza en Cristo?”. Mientras permanezcamos en Adán, estamos irremediablemente abocados al pecado y a la muerte; pero si nos unimos a Cristo y vivimos en Él, recibimos la plenitud de la justicia y de la vida. La teoría de la representación y la solidaridad que Pablo expone no es una doctrina abstrusa, sino un asunto práctico que determina si vivimos bajo el poder del pecado o bajo el poder de la gracia. El pastor David Jang destaca repetidamente que la gracia de Cristo es la única que nos conduce de la muerte a la vida eterna, y que es la vía para superar la profunda desesperación que el pecado y la condenación heredados de Adán no podían eliminar.


2. La justicia y la salvación de un solo hombre, Cristo

El tema principal de Romanos 5:12-21 es la referencia al “un solo hombre Jesucristo”, el cual contrasta de forma decisiva con Adán. El pastor David Jang enfatiza que este “Nuevo Adán” descrito en el texto de Romanos es el núcleo que define nuestra identidad de fe. Si Adán abrió la puerta al pecado, introduciendo la muerte y la ruina, Jesucristo, por Su obediencia en la cruz y Su resurrección, abrió de par en par el camino hacia la justicia y la vida.

Pablo expone en Romanos 5:15-19 la contraposición entre “el pecado de un solo hombre (Adán)” y “la obediencia de un solo hombre (Cristo)”. Donde antes reinaban el pecado y la desobediencia, ahora se han establecido la justicia y la obediencia, de modo que quienes eran pecadores han sido justificados y viven una nueva vida. El pastor David Jang recalca aquí el concepto de “imputación (imputation)”. Así como el pecado de Adán se nos imputa, la justicia de Cristo también se nos imputa. Es un regalo inmerecido que disfrutamos completamente gracias a la obra justa que Cristo realizó. Esta es la esencia de la gracia.

Este pensamiento está vinculado con la enseñanza de Pablo en 1 Corintios 15, donde compara a Adán y a Cristo. El primer hombre, Adán, era “un alma viviente” pero, por su desobediencia, introdujo el pecado y la muerte; el último Adán, Jesucristo, es “Espíritu que da vida” y nos trae la vida eterna. El pastor David Jang afirma que este planteamiento es el hilo conductor tanto de los evangelios como de las epístolas paulinas. La cruz y la resurrección de Jesucristo trascienden la historia de la muerte de un individuo, pues Cristo, como cabeza y representante de toda la humanidad, murió y resucitó por los que están sumidos en el pecado.

Algunos podrían objetar: “¿Por qué mi salvación depende automáticamente de la muerte de Jesús en la cruz? Comprendo que Él hizo lo que yo no pude hacer, pero ¿cómo se aplica eso a mí?”. Ante esto, el pastor David Jang insiste en que la “Doctrina de la Representación” y el “principio de la unión con Cristo” nos ofrecen la respuesta. El hombre nace unido al pecado y no puede liberarse de esa esclavitud. Sin embargo, al asumir Cristo la representación y cargar con el castigo del pecado, todos los que se “unen a Él por la fe” reciben los beneficios de su obediencia y de su justicia. Así lo expresa Pablo en Gálatas 2:20: “Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”. Este es el momento real en que el viejo hombre muere y nace el nuevo hombre. El pastor David Jang lo describe como un “cambio radical de la simiente”. Al cambiar la semilla, el fruto que se produce es completamente distinto.

Romanos 5:17 dice: “Pues si por la transgresión de un solo hombre reinó la muerte por ese solo hombre, ¡cuánto más reinarán en vida por medio de un solo hombre, Jesucristo, los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia!”. El pastor David Jang explica que, si antes la muerte dominaba como un monarca despótico, ahora, gracias a Cristo, llega la era en que reina la justicia y la gracia. Al emplear la expresión “reinarán en vida”, Pablo no se limita a señalar que somos liberados de la culpa del pecado, sino que describe una transformación cualitativa de todo nuestro ser bajo la nueva autoridad de la vida. La obra salvífica de Jesucristo no solo nos libera del pecado, sino que nos introduce en el gobierno de la justicia y de la vida para disfrutar de un nuevo orden y de un nuevo poder.

En este punto, el pastor David Jang regresa a la metáfora de Juan 15 del “viñedo”. Cristo es la vid y nosotros las ramas. Estar unidos a la vid produce fruto ineludiblemente, mientras que separados de ella nada podemos hacer. Así, la unión con Cristo transforma de tal forma nuestra vida que nos impide seguir siendo los mismos de antes. Es más, en Juan 15:9 y siguientes, Jesús señala: “Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor”. Esto revela que permanecer en el amor y la palabra de Cristo es la clave imprescindible para nuestro crecimiento espiritual y nuestra plenitud.

El pastor David Jang llama a esta unión “unión con el Representante”, destacando que tal unión no es una simple aceptación teórica, sino una realidad de vida. La Iglesia, como el Cuerpo de Cristo, debe ser el espacio donde se experimente el gobierno y la gracia de Cristo. Unirse a Cristo implica echar raíces en la justicia y en la vida, y crecer en medio de la comunión de los creyentes. De esta forma, se produce un cambio real que supera el poder del pecado y de la muerte.

Romanos 3:24-25 declara: “Y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre”. El pastor David Jang indica que Pablo usa tres imágenes distintas —el mercado de esclavos (la redención), el tribunal (la justificación) y el altar (el sacrificio de expiación)— para mostrar lo representativo, sustitutivo y concreto de la obra salvadora de Cristo. Jesús pagó nuestro rescate por el pecado, nos declara justos en el tribunal y, a la vez, se ofrece como sacrificio expiatorio para derribar la barrera del pecado. Y todo esto se aplica en nuestras vidas a través de la unión con “Cristo como nuestro representante”, insiste el pastor David Jang.

La “Doctrina de la Representación” puede ilustrarse con ejemplos del mundo. Cuando el representante de un país firma un tratado, ese acto afecta el destino de toda la nación. Del mismo modo, si el representante de un hogar cede la propiedad de la casa, toda la familia queda implicada. Espiritualmente sucede algo similar: Adán selló el contrato con el pecado, encerrando a la humanidad en la esclavitud de la muerte, mientras que Jesucristo firmó el contrato con la justicia y la vida, transformando nuestro destino. Por ello, el pastor David Jang insiste en que, al leer Romanos 5, debemos reconocer no solo la gravedad del pecado, sino también la grandeza y el alcance total de la obra redentora de Cristo.

En los versículos finales de Romanos 5:20-21, Pablo concluye proclamando que, aunque el pecado abundó, la gracia sobreabundó, y que, si el pecado llevó a la muerte a reinar, ahora la gracia conduce a la vida eterna mediante Jesucristo. El pastor David Jang, al citar estas palabras, nos anima a no desesperar ante la abundancia de pecado que vemos en el mundo. Más bien, hemos de aferrarnos a la verdad de que la gracia de Cristo supera y anula el pecado. La historia de la Iglesia demuestra que, en las épocas más oscuras, la gracia divina ha irrumpido de manera poderosa. Esto se debe a que la gracia es más fuerte que el pecado, y la vida es infinitamente superior a la muerte.

Además, el pastor David Jang cita 2 Corintios 5:17: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. En Adán, el reinado de la muerte llegó a su fin y, en Cristo, comenzó el reinado de la vida. Cada creyente debe renovar diariamente su conciencia de esta verdad, lo que impulsa a vencer al pecado y a buscar la santidad. Así, la salvación que trae Cristo no consiste solo en la liberación del pecado, sino que encamina al creyente a una transformación real de la existencia.

En conjunto, Romanos 5:12-21, que describe la gran historia de la salvación en el paso de “Adán a Cristo”, nos libera de la desesperación ante nuestro pecado y de la pregunta: “¿Realmente puedo cambiar?”. Quienes creen en Jesucristo y reciben el perdón de sus pecados ya no viven arrastrados por la caída de Adán, sino que, unidos al “Nuevo Adán”, pueden acoger la justicia, la vida y la esperanza eternas. Este no es un mero concepto, sino una transformación ontológica: dejamos el lugar donde reinaba la muerte y pasamos a reinar en vida.

El pastor David Jang sugiere que esta verdad se aplique en la piedad personal, en la visión de la comunidad eclesial y en la responsabilidad social. Esto se debe a que la fe y la obediencia de un individuo no se quedan en el ámbito personal, sino que afectan al hogar, la Iglesia e incluso la sociedad. Por lo tanto, un solo cristiano, portador de la vida y la justicia de Cristo, puede iluminar un mundo oscuro. Al recibir la autoridad de Jesús como nuestro representante, llevamos gracia y vida donde abunda el pecado, justicia y amor donde reina la injusticia, y esperanza donde domina la desesperación.

Romanos 5:12-21, mediante la expresión “un solo hombre”, muestra de manera condensada cómo se despliega en la humanidad la historia del pecado, de la muerte, de la justicia y de la vida. Pablo declara de manera solemne los resultados catastróficos de la desobediencia de Adán y la bendición de salvación y vida que aporta la obediencia de Cristo. Al predicar sobre este pasaje, el pastor David Jang invita a cada creyente a preguntarse: “¿Bajo qué representante estoy viviendo?”. Si seguimos en Adán, el peso del pecado nos hundirá eternamente; mas si entramos en Cristo, recibimos como don la justicia y la vida.

Así, la afirmación de Pablo, “por la obediencia de uno, muchos serán constituidos justos”, excede la mera meditación individual o el consuelo de la fe, y constituye una declaración de transformación radical del ser. El pastor David Jang señala que este mensaje del evangelio es la esencia que la Iglesia y los creyentes deben abrazar, destacando que el poder del evangelio debe trascender la simple “confesión de fe” y llevarnos a un cambio real de vida.

El pastor David Jang subraya que el punto crucial de Romanos 5:12-21 no se limita a “existe el pecado y existe la gracia”, sino que enfatiza la “realidad de la vida”. El evangelio no solo declara “has recibido el perdón de tus pecados”, sino que proclama un nuevo orden: “Ahora reina en vida”. Por lo tanto, el creyente está llamado a romper con su antigua identidad unida al pecado de Adán y a vivir conforme a su nueva identidad en Cristo, teniendo la misión de encarnar esa nueva realidad.

El pastor David Jang concluye que Romanos 5:12-21 nos invita a aferrarnos a dos verdades fundamentales. Primero, que en Adán todos estamos sujetos al pecado y a la muerte; segundo, que en Jesucristo recibimos la nueva realidad de la justicia y de la vida con gozo. Es innegable la influencia de Adán, pero la obra salvadora de Cristo es aún mayor y más poderosa. Cuando en la vida cotidiana experimentamos la verdad de que “cuanto más abunda el pecado, la gracia sobreabunda”, obtenemos la verdadera libertad y esperanza.

Según reitera el pastor David Jang, la declaración “por la obediencia de uno muchos serán constituidos justos” penetra el corazón del evangelio. Incluso el poder que parecía invencible de la muerte provocada por el pecado de Adán se ve doblegado por la cruz y la resurrección de Jesucristo. Todo el que cree en esta verdad y se une a Cristo vive diariamente la realidad de la gracia, la justicia y la vida, tal como proclama Romanos 5.

Por tanto, aunque el pecado y la muerte entraron por medio de un solo hombre, Adán, la justicia y la vida llegaron por medio de un solo Hombre, Jesucristo. En esta simple afirmación se condensa toda la gran historia de la redención humana. El pastor David Jang enseña que, cuando los creyentes abrazan esta verdad, no se verán más sometidos al pecado que trajo Adán, sino que podrán manifestar aquí y ahora el poder del nuevo Edén abierto por Jesucristo, es decir, el reino de Dios.

De esta forma, el mensaje de Romanos 5:12-21 sigue siendo poderoso e inmutable para nosotros hoy. Nacimos unidos a la naturaleza pecaminosa de Adán, pero podemos convertirnos en nuevas criaturas participando en la salvación de Jesucristo. Por muy tiránico que parezca el pecado y la muerte, la gracia y la justicia de Cristo los superan con creces. El anuncio “por la obediencia de uno muchos serán constituidos justos” es la fuerza del evangelio que nos sostiene, incluso cuando tropezamos y luchamos contra el pecado día tras día.

Así, el pastor David Jang, a través de Romanos 5:12-21, explica de forma directa y contundente el principio básico de nuestra salvación: la representación y la solidaridad, la imputación del pecado y la imputación de la justicia. La cuestión que se nos plantea hoy es si permaneceremos bajo nuestro antiguo representante, Adán, o nos uniremos a nuestro nuevo representante, Jesucristo. De ello depende la continuación del pecado y de la muerte o la inauguración de la justicia y de la vida. Cuando permanecemos en Cristo, ocurre el milagro de la “gracia sobreabundante donde abundó el pecado”. El pastor David Jang afirma con énfasis que esta realidad es el poder del evangelio y el auténtico mensaje de esperanza que la Iglesia está llamada a proclamar.

www.davidjang.org