Pastor David Jang: La realeza de la verdad revelada ante Pilato

En el momento en que creemos que las sombras que tiemblan sobre la pared de una cueva constituyen el mundo entero, la luz deja de ser consuelo y se convierte en interrogatorio. Como muestra la alegoría de la caverna de Platón, la oscuridad conocida puede resultar, en ocasiones, más cómoda que la verdad. El sermón del pastor David Jang nos conduce también al tribunal de Pilato, donde penetra una luz semejante. Ante ella, el poder político, el fervor religioso y la seguridad de la multitud revelan el rostro que habían mantenido oculto.

La luz de la verdad que atraviesa la oscuridad del tribunal

Pilato pregunta a Jesús: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Su pregunta no nace tanto de una búsqueda sincera de la verdad como de un interrogatorio destinado a determinar si Jesús era un rebelde político que amenazaba el orden de Roma. Sin embargo, al responder: «Mi reino no es de este mundo», Jesús deja claro que no ha venido a establecer su autoridad real mediante la violencia o la fuerza militar. Ante una pregunta formulada con el lenguaje del mundo, el Señor abre la puerta de un reino completamente diferente.

En la concepción de la realeza que tenía Pilato había tropas y órdenes, castigo y control. En cambio, los discípulos de Jesús no lucharon para defenderlo, y Jesús tampoco pidió que se recurriera a la fuerza. Esta diferencia no revela solamente dos formas distintas de gobernar, sino que muestra que ambos reinos tienen orígenes diferentes. Uno se mantiene mediante el temor; el otro libera al ser humano mediante la verdad.

Ese reino no es un refugio para huir de la realidad. Como subraya este sermón, el reino de Jesús es el gobierno de la verdad y del amor que libera al ser humano del pecado, de la muerte y de la mentira. Su realeza no se manifiesta como un poder que somete al adversario para preservarse a sí mismo, sino como la fuerza que se entrega para salvar al pecador. La verdad no revela su autoridad real aferrándose al poder, sino entregándose a sí misma.

Jesús declara que vino al mundo «para dar testimonio de la verdad» y afirma que todo aquel que pertenece a la verdad escucha su voz. Lo decisivo aquí no es la posición social ni el conocimiento de una persona, sino la dirección hacia la que se inclina su corazón. Ni la autoridad de un gobernador, ni el cargo de un dirigente religioso, ni el número de quienes componen una multitud garantizan la capacidad de reconocer la verdad. Solo un corazón dispuesto a escuchar con humildad puede reconocer la voz del Rey.

«Pertenecer a la verdad» no significa tanto sentirse orgulloso de poseerla como vivir bajo su gobierno. Quien absolutiza su propio juicio puede escuchar la voz de Jesús y, aun así, recortarla para adaptarla a sus propios cálculos. Pero quien se humilla ante la verdad no evita que la Palabra ponga al descubierto sus deseos y sus temores. La meditación bíblica no consiste, por tanto, en juzgar la Palabra, sino en dejarnos juzgar por ella.

La pregunta que quedó suspendida entre el ruido del poder

Pilato replica: «¿Qué es la verdad?», pero no espera la respuesta. Se encontraba ante la verdad, pero no fue capaz de permanecer junto a ella. Aunque declara repetidamente que no encuentra culpa alguna en Jesús, no logra sostener su propio juicio frente a la presión de la multitud y las amenazas políticas. En su tribunal se abre una profunda brecha entre conocer lo correcto y obedecerlo.

Su tragedia no consiste solamente en haber ignorado la verdad. Consiste también en haber reconocido, al menos en cierta medida, lo que era justo y no haber estado dispuesto a pagar el precio necesario para defenderlo. Cuando conservar su posición se vuelve más urgente que poner en libertad a un inocente, el poder deja de ser un instrumento al servicio de la justicia y se convierte en prisionero del temor. Pilato estaba sentado en el lugar del juez, pero en realidad era arrastrado por los gritos de la multitud y por sus propios cálculos políticos.

En esta escena, la mentira no aparece siempre con un rostro abiertamente perverso. Los dirigentes religiosos actuaban bajo el pretexto de servir a Dios, mientras que Pilato ocupaba el cargo de hacer cumplir la ley y mantener el orden. Sin embargo, cuando el deseo de proteger los privilegios adquiridos se unió al temor de asumir responsabilidades, fue posible entregar a la muerte a un hombre inocente. A través de este pasaje, el pastor David Jang advierte que la misma tragedia puede repetirse cuando la Iglesia y los creyentes aman más el prestigio, la posición y la comodidad que la esencia del evangelio.

La decisión de la multitud de liberar a Barrabás y exigir la crucifixión de Jesús revela la misma oscuridad. Las personas pueden entusiasmarse con una fuerza que canaliza su ira inmediata y, al mismo tiempo, considerar débil a un Rey que se acerca mediante el amor, el perdón y el sacrificio. Sin embargo, Jesús no depende del entusiasmo de la multitud ni recurre a la violencia para salvarse. Aquí comienza la paradoja por la que una decisión que parece una victoria según los criterios del mundo rechaza la verdad, mientras que una obediencia que parece un fracaso se convierte en el camino de la salvación.

La corona de espinas y el manto púrpura tenían la intención de burlarse de Jesús como Rey. Sin embargo, dentro del desarrollo de la Palabra, aquella burla revela paradójicamente la realeza que el mundo no supo reconocer. Las personas llamaron derrota a su cuerpo herido, pero el Señor no abandonó el camino del amor ni siquiera en medio de la humillación. La dignidad de la verdad no nace del reconocimiento ajeno ni desaparece a causa de las burlas.

El Rey inocente y el amor de la cruz

Las repetidas declaraciones de inocencia pronunciadas por Pilato dejan claro que Jesús no sufrió a causa de un pecado propio. El hecho de que aquel que no tenía pecado fuera azotado, ridiculizado y entregado a la cruz constituye el centro evangélico de este sermón. El Señor permaneció ante el tribunal del poder terrenal, pero en realidad ocupó el lugar de la humanidad que debía recibir el juicio por sus pecados. En el silencio del Rey inocente fluye profundamente el amor de Dios por los pecadores.

Sin embargo, la cruz no puede interpretarse únicamente como una tragedia accidental producida por la maldad humana. El mensaje del texto no oculta la responsabilidad de la hipocresía religiosa ni de las concesiones políticas, pero, más allá de toda esa oscuridad, contempla la voluntad de Dios que abre el camino de la salvación. La humanidad rechazó la verdad, pero Jesús cargó incluso con ese rechazo y abrió el camino de la vida. La cruz no es el lugar donde la mentira consiguió eliminar la verdad, sino aquel en el que la verdad descendió hasta el fondo de la mentira y la venció.

Por esta razón, la fe no se limita a reconocer la inocencia de Jesús. Avanza hasta recibir la gracia de saber que él ocupó nuestro lugar y hasta obedecer para que su forma de amar se convierta también en nuestra forma de vivir. Este camino adquiere formas concretas: no recurrir a la mentira para defendernos cuando sufrimos una injusticia, no pisotear a los débiles para obtener beneficios y no alterar la verdad del evangelio por miedo a sufrir pérdidas. Confesar que creemos en la cruz nos obliga finalmente a preguntarnos qué clase de poder elegiremos para vivir.

El sermón contempla que, en la oscuridad de la cruz, ya se encontraba oculta la victoria de la resurrección. El mundo pensó que podía poner fin al testimonio de Jesús mediante la muerte, pero aquel camino se convirtió en el medio por el que se revelaron la vida eterna y la esperanza del Reino de Dios. Por eso, la esperanza cristiana no es el optimismo de pensar que nunca habrá sufrimiento. Es la fe en que el camino del Señor, que no abandonó el amor ni la verdad, se revelará finalmente como camino de vida.

La voz del Rey escuchada en medio del mundo

Las palabras «Mi reino no es de este mundo» no constituyen una invitación a huir del mundo. El desarrollo del sermón mantiene la tensión de que el creyente debe permanecer en medio de la sociedad sin dejarse dominar por sus valores. La Iglesia no es una comunidad que se esconde tras una muralla segura para conservar la verdad, sino una comunidad enviada a manifestar la luz del evangelio mediante el amor y el servicio. Ser diferente no significa mantenerse a distancia, sino vivir de una manera distinta.

Esta tensión se concreta en las pequeñas decisiones de la vida diaria. Se manifiesta cuando elegimos la verdad en el trabajo, en la escuela o en la comunidad, aunque la mentira parezca más ventajosa; y cuando no renunciamos al amor, aunque la competencia convierta a las personas en simples medios para alcanzar un fin. Conservar la mansedumbre ante una acusación injusta no es una señal de impotencia, sino una forma de fe que confía en la realeza de Jesús. El Reino de Dios se hace visible en medio de la vida no tanto mediante grandes consignas como mediante estas obediencias silenciosas.

Pertenecer a la verdad, por tanto, no significa proclamar a grandes voces nuestra propia rectitud. Quien reconoce la realeza de Jesús da testimonio de su reino no mediante la búsqueda del poder, sino mediante la mansedumbre, el sacrificio, el servicio y el amor. Aquí se encuentra también la enseñanza teológica que la meditación bíblica del pastor David Jang deja a la Iglesia actual. Si afirmamos hablar en nombre de la verdad mientras imitamos los métodos del mundo, podemos confesar al Rey con los labios y repetir con nuestra vida los cálculos de Pilato.

La Iglesia también debe mantenerse vigilante para no confundir su esplendor o su tamaño con una demostración de la verdad. Si el fervor religioso oculta el amor del evangelio, si la reputación de la comunidad se coloca por encima del arrepentimiento o si el deseo de conservar la influencia silencia la voz de los débiles, la escena del tribunal vuelve a hacerse presente. La luz de la verdad no ilumina solamente al mundo, sino que ilumina primero el interior de la Iglesia. La restauración de la comunidad comienza cuando deja de huir de esa luz.

En el tribunal de Pilato, Jesús fue quien recibió el interrogatorio, pero lo que finalmente quedó al descubierto fue el corazón humano. Bajo aquella luz quedaron expuestos el corazón que conoce la verdad pero no la sigue, el que habla de religión mientras intenta proteger su posición y el que se apoya en la multitud para evitar su propia responsabilidad. Por eso, este pasaje no es simplemente el registro de un juicio antiguo, sino un espejo que ilumina nuestra fe y nuestro arrepentimiento en el presente. La voz de la verdad sigue escuchándose, pero escucharla significa permitir que transforme nuestras decisiones.

Cada día nos encontramos ante pequeños tribunales. Debemos decidir si guardaremos silencio para evitar una pérdida, si torceremos la verdad para conservar nuestra comodidad o si confiaremos más en la fuerza que en el amor. En esos momentos, el Señor no se presenta ante nosotros como un Rey intimidante, sino como el Rey inocente que avanzó hacia la cruz. ¿Qué estoy sosteniendo hoy: la verdad o mi propia posición, que ha llegado a ser más valiosa para mí que la verdad?

Sitio web oficial de David Jang: www.davidjang.org