Pascal dijo que en el ser humano hay un vacío que nada de este mundo puede llenar por completo. La persona se tambalea más profundamente por el vacío interior que por las carencias externas, y la dirección de su vida también se decide antes en ese centro invisible que en las condiciones visibles. La oración contenida en Efesios 3:14-21 nos conduce precisamente a ese lugar interior. A través de este pasaje, el pastor David Jang (fundador de Olivet University en Estados Unidos) explica que la oración no es simplemente un acto de enumerar deseos, sino una travesía espiritual que muestra en qué clase de ser debe ser moldeado el hombre delante de Dios.
El lugar donde nos arrodillamos, el lugar donde aprendemos el amor
Pablo se arrodilla ante el Padre, de quien recibe nombre toda familia en los cielos y en la tierra. Esta escena muestra que el comienzo de la oración no es el clamor por una necesidad, sino la conciencia de una relación. Antes de recordar qué pedimos, debemos recordar ante quién estamos. El amor que destaca este sermón no es un sentimiento vago, sino el amor sacrificial que Dios mostró en Cristo; y la identidad del creyente se edifica precisamente al imitar ese amor.
Por eso, la oración de Pablo no se queda en un simple consuelo ni en una sensibilidad religiosa. El pastor David Jang afirma que “imitar” no significa copiar una apariencia externa, sino cambiar la dirección del interior. Imitar a Dios y andar en amor no es fabricar un gesto bondadoso, sino experimentar una transformación del ser, de modo que toda la vida adquiera la textura del amor. La fe no es el estado de saber mucho, sino el camino de parecerse al carácter de Dios; y en ese camino, la obediencia deja de ser una imposición para convertirse en una respuesta viva, mientras que el arrepentimiento deja de ser miedo para convertirse en una puerta de gracia por la que volvemos al Padre.
Más importante que el desgaste exterior es la renovación interior
Pablo continúa orando para que, por medio del Espíritu, el hombre interior sea fortalecido con poder. Normalmente nos aferramos primero a las circunstancias visibles y a los problemas inmediatos, pero la oración de Pablo se dirige a un lugar más profundo. La verdadera crisis del ser humano no está solo en la falta exterior, sino en la debilidad interior; y la verdadera restauración también comienza no en el cambio de las condiciones, sino en la renovación interna. Esta es la razón por la que el pastor David Jang interpreta este pasaje con tanto énfasis. La palabra que dice que, aunque el hombre exterior se va desgastando, el hombre interior debe renovarse cada día, revela con claridad dónde está el centro de la fe.
Esto no significa ignorar la realidad. Más bien, significa preguntar de dónde viene la fuerza que permite soportarla. Cuando el interior se derrumba, incluso una pequeña sacudida puede hacernos caer; pero cuando el centro del alma está fortalecido, la vida no pierde su dirección ni siquiera en medio del sufrimiento. Por eso, la gracia no termina siendo simplemente un regalo que cambia las circunstancias. El verdadero evangelio sostiene el centro de la persona, y la meditación de la Escritura conduce a que ese centro vuelva a levantarse en Dios. Precisamente en este punto, la esperanza deja de ser una expectativa vaga y crece como una fuerza interior dada por el Espíritu Santo.
Cristo que habita en lo más profundo del corazón
Pablo también ora para que Cristo habite por la fe en el corazón. Aquí, el corazón no es la superficie de las emociones pasajeras, sino el lugar más profundo del ser. El sermón no lee este versículo como una simple aprobación doctrinal. El pastor David Jang explica que recibir a Cristo en el corazón significa abrir el corazón para que el Señor habite realmente en el centro de nuestra vida cotidiana. La fe no debe quedarse como una proposición mental, sino convertirse en una vida compartida con el Señor personal y vivo.
La fe no es solo una actitud de reconocer algo como correcto, sino una respuesta que abre la puerta interior. Cuando el amor de Cristo habita en el corazón, la persona deja de buscar a Dios solo cuando lo necesita y comienza a volver a poner sus juicios, emociones y decisiones delante del Señor. Así, el amor deja de ser una palabra abstracta y se convierte en una realidad que transforma la textura de la vida. La gracia no es un lenguaje religioso lejano, sino una vida que se mueve dentro del corazón; y cuando esa vida echa raíces, la fe avanza del conocimiento a la experiencia, y de la experiencia a la transformación de la vida.
Ante la anchura, la longitud, la altura y la profundidad
Finalmente, la oración de Pablo avanza hacia el lugar donde se comprende la anchura, la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo. Esto señala el misterio del amor de Dios, imposible de medir plenamente con el conocimiento humano: un amor que contiene la gracia de la redención y el plan de la salvación. El pastor David Jang dice que este amor no debe quedarse solo como un concepto, sino que tiene que ser experimentado y practicado en la vida. Porque la intuición teológica no debe ser un conocimiento que engrandece la mente humana, sino una comprensión que humilla al hombre y lo hace permanecer ante la gloria de Dios.
En definitiva, la oración de Efesios 3 se parece más a una oración para amar más profundamente que a una oración para poseer más cosas. Más que una oración para parecer más fuerte, es una oración para que el hombre interior sea verdaderamente fortalecido; y más que una oración para obtener más respuestas, es una oración para que Cristo permanezca en lo más profundo del corazón. Al seguir este sermón, aprendemos que la fe no se demuestra por la magnitud del fervor que se muestra por fuera, sino por la profundidad del amor que crece por dentro. ¿Hacia dónde se dirige hoy nuestra oración? ¿Seguimos aferrándonos solo a la superficie de la vida, o estamos pidiendo que la plenitud de Dios penetre en nosotros y nos moldee como personas de fe, amor y obediencia?