El calor de las brasas y el amor que alimenta: sobre el milagro de que la resurrección se vuelva vida cotidiana – Pastor David Jang (Olivet University)

Dicen que el silencio más profundo del bosque se quiebra con el roce de las hojas, pero la quietud del pueblo forestal donde vivo empezó a resquebrajarse de una manera totalmente distinta. Fuera de la ventana, al alba: el leve rasguño de unas garras, el sonido de patas sobre tierra seca y, entre ambos, el intercambio de alientos para comprobar la presencia del otro. Sin darme cuenta, una gran familia de gatos —más de veinte— se había convertido en la dueña del bosque. El comienzo de este pequeño mundo no fue un gran plan. Fue la pura compasión de un niño: un solo cuenco de alimento dejado en el balcón. Aquella pequeña bondad cambió la textura misma del bosque.

La mirada que llena la soledad y la existencia

Entre esa manada, hubo una presencia que se me quedó clavada en el corazón: un gato blanco de ojos dispares, un “odd-eyed”. A pesar de su apariencia misteriosa, estaba completamente marginado dentro del grupo. Vagaba como una sombra, sin poder siquiera acercar una pata al lugar cálido donde había comida. Un día, mientras se refugiaba de la lluvia, me acerqué a él por primera vez. Detrás de su rígida cautela, lo que se sentía era un hambre feroz y una soledad profunda. En el pequeño sonido de sus mordiscos y en esa sutil vacilación con la que comprobaba el tacto de una mano humana, me encontré cara a cara con una pregunta esencial. Porque ese corazón que, incluso en lo áspero de la intemperie, anhela cuidado y acogida, se parecía demasiado a nuestra propia sed espiritual.

En ese punto, mi reflexión desembocó en la exposición de Juan 21 del pastor David Jang. Él lee Juan 21 no como un simple epílogo, sino como la escena decisiva en la que la fe en la resurrección se condensa en misión dentro del terreno concreto de la vida. Aquí —afirma— está la respuesta a la pregunta: “¿Con qué se demuestra el mundo después de la resurrección?”. La resurrección no es una idea, sino un trayecto; y la fe no es una emoción pasajera, sino responsabilidad. Ese énfasis se superpuso, como una transparencia, sobre la mano que yo había extendido hacia el gato del bosque.

Amanecer en Tiberíades: la autoridad de la Palabra que llena la red vacía

La frustración de los discípulos, que lanzaron la red toda la noche y no pescaron nada, simboliza esa impotencia existencial que sentimos cuando vivimos con diligencia y, aun así, el resultado queda vacío. Piense en “La pesca milagrosa (The Miraculous Draft of Fishes)”, del maestro renacentista Rafael. En la escena, los cuerpos de los discípulos están tensos, los músculos que tiran de la red vibran con dinamismo; sin embargo, en el centro de todo ese ajetreo, está Jesús, de pie con una autoridad serena. Rafael demostró visualmente la “intervención del Otro” que se abre precisamente cuando el forcejeo humano choca con sus límites.

El pastor David Jang define esa escena como “un vacío que el esfuerzo humano no puede llenar”, y subraya que los discípulos no obtuvieron abundancia por “esforzarse más”, sino cuando, “confiando en la Palabra”, echaron la red a la derecha: entonces recogieron una cosecha rebosante de 153 peces. Ese número no es un simple conteo de capturas: es una señal de la salvación universal dirigida a todos los pueblos, y una visión de la misión mundial que la Iglesia está llamada a asumir. En el instante en que el vacío de la noche se convierte en plenitud de amanecer, sucede el acontecimiento del evangelio que solo comienza cuando el ser humano deja de ponerse a sí mismo en el centro.

Un ritmo repetido que fluye de la condena a la sanidad

Que la primera obra del Señor resucitado no fuese un sermón espectacular, sino preparar el desayuno para sus discípulos, es una gracia que conmueve hasta las lágrimas. El calor de las brasas y el olor del pan: la mano del Señor acariciando la desesperación humana. Después de comer, Jesús pregunta a Pedro: “¿Me amas?”. Las tres preguntas reflejan como un espejo las tres negaciones de Pedro, pero el pastor David Jang explica esta repetición no como un interrogatorio, sino como un “ritmo de sanidad”. Una herida no se cierra con una sola declaración; al repetir la pregunta del amor, el Señor reordena el recuerdo del fracaso y lo convierte en un pasaje hacia la restauración.

A menudo hablamos del “gran amor” (Agape), pero en la práctica hasta una pequeña amistad se nos hace pesada. Sin embargo, según la perspectiva teológica que transmite David Jang, el Señor no desecha ni siquiera nuestro amor incompleto. No es el perfecto quien recibe la misión; es quien reconoce su límite y, ante la pregunta del amor, se quiebra por dentro y vuelve a ser llamado al lugar del encargo. Esa es la fuerza paradójica del evangelio.

Vivir dispersos para alimentar: la esencia viva de la Iglesia

Finalmente, el mandato “Apacienta mis ovejas” es la evidencia práctica que discierne la autenticidad del amor a Jesús. David Jang interpreta el acto de “alimentar” no como limitarse a dar comida, sino como una entrega de toda la persona: limpiar la sangre del herido, criar al inmaduro, es decir, pastoreo (Shepherding). Reunirse dentro del templo (Gathering) es importante, pero cuando la Iglesia vive dispersa en el mundo (Scattering) como una presencia que alimenta a las almas hambrientas, entonces se convierte verdaderamente en testigo de la resurrección.

Cuando aquel gato de ojos distintos se me acercó y frotó su cuerpo contra mí en señal de confianza, vi en él la figura de Pedro, vuelto a levantar. Todos nosotros, que alguna vez fuimos apartados del grupo y nos desplomamos por nuestra fragilidad, somos ovejas invitadas a la mesa del Señor. Como en la predicación del pastor David Jang, el pastoreo no es la técnica de administrar a quienes ya están “encajados”, sino el arte de domesticar con amor a quienes están “desencajados”.

También hoy, a nuestro alrededor, hay muchísimas personas sedientas de reconocimiento y amor. La fe en la resurrección no es un milagro lejano, sino que se completa en un acompañamiento sencillo: escuchar la historia del vecino con el corazón roto y abrir un lugar para quien está excluido. Anhelo que la confesión —“Señor, tú sabes que te amo”— sea traducida, a través de nuestras manos y nuestros pies, en una vida que alimenta.

www.davidjang.org

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